jueves, 7 de junio de 2007

Fin de etapa

Me voy a permitir pecar de optimista, ya que de otra cosa no, pues con la vida que llevo tengo ya comprados más de tres mil metros cuadrados en el cielo, y cerca de las colinas de Sanpedro, desde las cuales casi se ve al Altísimo. Los especuladores todavía no lo han descubierto, pero en cuanto lo hagan, las parcelas en la gloria van a ponerse por las nubes –ya lo están en sentido geográfico-metafórico-, que por eso estoy yo invirtiendo ahora. Acuérdense ustedes de cuando las bulas.
Quería decir que estaba pensando cerrar una etapa, como siempre de manera simbólica, porque en estos caminares no hay metas del día, ni de la semana ni del mes, que no estamos en una vuelta ciclista, sino un tirar para adelante, si parar, que de vez en cuando, a veces a menudo, vendrá un recule sin que sepamos evitarlo.
Y este fin de etapa inventado no es ni más ni menos que dejar el sitio donde me lamento más que reflexiono sobre los avatares del reestreno de soltería. Es por eso, porque tiene más de lloriqueos propios que de conclusiones útiles para los demás. No me voy a permitir dejar de escribir, que es un recurso que se me ha vuelto imprescindible para mi subsistencia emocional, más voy a cambiar de espacio con la idea de ir dejando de lado lo extraordinario de mi situación actual –con respecto a la época anterior de mi vida- y entrar más en lo cotidiano, lo mínimo, lo anecdótico. De contenidos “trascendentes” ya estamos bien servidos.
Lo hago por varias razones. La primera es que creo no estar con el mismo ánimo ahora que hace un tiempo, por más que sepa que la memoria y los sentimientos son traicioneros en extremo y han transcurrido escasas fechas desde el desenlace (en el sentido de acontecimiento y de desunión). La segunda es que se dan situaciones muy cercanas mucho más serias que la mía, lo que me hace relativizarla. Lo tercero es que si quiero avanzar, bueno será decirme que estoy avanzando, lo cual es verdad.
Por lo tanto dejaré de escribir, de momento, en esta página y empezaré otra que he titulado simplemente Diario de Cándido. Su dirección es

http://diariodecandido/blogspot.com

Estaré encantado de compartir ese lugar con mis amigos. Muchas gracias.
¡OJO, SI HAN ENTRADO POR GOOGLE, PUEDE QUE ESTE ENLACE NO FUNCIONE! Cópienlo, pégenlo directamente en la ventada de dirección, arriba del todo, y oblígenle a entrar. La página está creada.

martes, 5 de junio de 2007

Los ritmos

El ritmo con el que transcurre nuestra vida diaria marca en gran parte su calidad. Cuando se ha recibido un impacto emocional se puede reaccionar ralentizándo ese ritmo –deprimiéndose- o activándolo –excitándose-. Yo soy mucho más dado a la segunda respuesta. Si el impacto emocional es brutal, como ha sido el caso, la hiperactividad va acorde con esa intensidad. He pasado semanas de no parar, en lo que fuera, desde hacer tareas del hogar, cuando he estado en mi, todaqvía, casa, hasta machacarme en el gimnasio: he perdido catorce quilos en menos de tres meses. Terminas encontrándote muy cansado -derrotado- y te planteas que ya es tiempo de parar un poco. Quizás eso sea señal de cierta normalidad, o por lo menos de ir dejando la anormalidad impuesta por las circunstancias. Ahora siento la necesidad de ir enlenteciendo el ritmo.
El problema es que una vez que adquieres determinados hábitos, no es fácil evitarlos, y esos tic terminam reforzando la propia actitud. Uno de los más inconscientes e influyentes es el beber y comer deprisa, lo que además dificulta una alimentación sana. Una persona cercana me ha aconsejado que mastique veinte veces cada bocado de comida antes de su deglución. Funciona porque al final te satisface más y necesitas menos cantidad para aplacar la sensación de hambre. No hay que olvidar que el efecto ansiolítico de la comida es una de las causas más frecuenes de la aobesidad.
Otro momento donde el ritmo se nota con más descaro es en la piscina. Me he dado cuenta de que cuando estoy más nervioso, me canso antes y me cuesta más hacer el largo, o ni siquiera llego (estoy en la fase de completar los largos de la piscina, aunque he de reposar cada vez que llego a una punta de la calle) y cuando he conseguido ir más relajado, nado con más tranquilidad, sin tanta tensión y me canso menos, por lo que llego mejor. También influye la falta de sueño. Ya hace tiempo que dejé de dormir la siete horitas mínimas recomendables. Si duermo cinco me doy por contento, pero estoy seguro de que eso cambiará.
El ritmo no puede ser siempre parsimonioso, pero tampoco sincopado. Cuando toca correr, a ello, cuando estés más inquieto, a serenarse. ¡Que fácil, verdad! Pues es así. Habrá que tirar de la reflexión de urgencia y de la relajación improvisada. A fin de cuentas, cuando la situación nos obligue a espabilarnos, ya lo haremos sin dudar.
Otro ritmo, no en términos del día a día si no en el de la modificación profunda y paulatina de la conciencia, también tiene altibajos. Sigo en mi lucha para salir de la órbita de la otra persona y emprender un camino propio. No lo he conseguido aún, aunque he hecho avances importantes. En teoría nos lo pintamos fácil, más luego hay días que parecen pasos atrás. Empiezo a no preocuparme por eso, tiene que ser así, porque unas fijaciones mentales basadas en décadas de convivencia no se cambian en varias semanas de separación. Un falso recurso es iniciar inmediatamente otra relación excitante para tapar ese hueco. Sin embargo, todos los expertos y personas experimentadas me dicen que es peor el remedio que la enfermedad porque al final esa sensación de euforia se convierte en un espejismo, y no estoy en condiciones de empeorar mi situación. Trato, eso sí, de relacionarme con gente de mi mismo perfil y en parecidas condiciones para construir un circulo de amistades que llene el vacío dejado, pero lo hago sin demasiada angustia, aunque las tardes-noches sin compañia son a veces algo tristes. He intensificado los lazos con mis hijos, y lo hago también con un sentido de protección ante una situación difícil. Esta acción es la que más satisfacción me proporciona, y a ellos creo que también.
La respiración profunda y pausada sigue siendo un pequeño pero utilísimo gesto para acoplar nuestro ritmo al de la naturaleza. A fin de cuentas somos unos animales más dentro de tantos, aunque lo hayamos invadido y depredado todo, en competencia con las cucarachas, que quizás tengan una vida más simple y a la vez más inteligente. ¿Alguien ha visto alguna vez a una cucaracha sufrir o morir por amor?

sábado, 2 de junio de 2007

De culpas y rencores


Son quizás las cuestiones más delicadas en la ruptura de una pareja, salvando la estabilidad de los hijos, que es absolutamente prioritaria.
Hay casos donde la relación se va distanciando sin reproches, de manera anodina, como el anciano que agoniza sin que ni él ni los suyos se den cuenta. Un día, solo hay que certificar el hecho como algo natural, esperado y apenas doloroso. Eso no es lo habitual, lo normal es que cuando hay dificultades, los conyugues tengan distinto interés en el mantenimiento de la relación, y diferentes percepciones de la manera de conseguirlo: uno quiere seguir, y hacerlo con un tipo de vínculo, al otro le interesa menos y de otra forma. Si la cosa no va como se pretende, se genera miedo y frustración, lo que puede conllevar la culpabilización mutua y la aparición del rencor más o menos recíproco. Son dos sentimientos potentes y sobre todo muy corrosivos.

Tanto la culpa como el rencor son trajes que se cortan a medida y no han de coincidir necesariamente con la observación objetiva de los hechos. Lo primero que se tiende a hacer es descargar sobre el otro la culpa del fracaso y despojarse de la responsabilidad propia. El rencor es, consciente o inconscientemente, fabricado ex profeso para apoyar la argumentación, incluso para darse fuerzas. Si no estuviera totalmente seguro de mi decisión, podría demonizar a la otra parte para justificar los pasos que esté dando. Viene a ser como dotar a nuestra versión de una carga emocional negativa que nos la haga creíble a nosotros mismos y a los demás. Si decidimos que el otro tiene la culpa, hemos de estar muy dolidos contra él, por lo tanto hemos de guardarle rencor, luego ¡sintámoslo y demostrémoslo!. El mecanismo mental es simple: de todas las interpretaciones posibles de un hecho, se escoge la más lesiva hacia nuestros intereses y se asume como agravio. En vez de dejarlo pasar, se cultiva intensamente y a poco florece de manera frondosa el odio.

En principio, el rencor funciona de manera muy eficaz, pero a la larga pierde fuerza porque el argumento es tan artificial que no se sostiene. Mientras tanto nos ha impedido actuar con la mente despejada. El rencor es un potente y perturbador narcótico que nos enardece contra la persona hacia el que se proyecta, y las decisiones que se tomen estarán totalmente condicionadas por ese sentimiento. Es muy probable que sean desacertadas.
Otro efecto secundario tan pernicioso como el anterior es la capacidad autodestructiva y corrosiva de nuestros propios valores y de nuestro equilibrio emocional. La persona que odia pierde el sentido de la equidad, de la mesura, de la proporcionalidad de las medidas a tomar respecto a los hechos y sobre todo, sufre y hace sufrir a los que la rodean.

Yo confieso que he sentido, en dosis moderadas en general, intensas en algún momento puntual, ese rencor en los últimos tiempos, pero afortunadamente han sido episodios pasajeros. Más frecuente es la sensación de decepción y de tristeza por haberme equivocado tanto, aunque eso también irá nivelándose a su justo término. Me anima la certeza de que nuestros hijos responden a otros principios. Eso parece que se está llevando bien.
Espero, deseo con toda mi alma, que este comentario sirva para atenuar el rencor en el probable caso de que exista y no para exacerbarlo. Hay que reflexionar, hay que tener cariño. Hay que achicar las bilis y alimentar las endorfinas. Un abrazo a todos.

viernes, 1 de junio de 2007

De autocontroles y sensateces

¿Podemos controlar racionalmente nuestros sentimientos? Es un tema recurrente en el que me veo obligado a trabajar porque “puede más un necesitado que un abogado”. Necesito controlar o al menos regular en la medida de los posible lo que siento. Llega a ser un tema prioritario en estos momentos, porque la estabilidad emocional –incluso la mental- va en ello. ¿Estoy pidiendo demasiado?. Si hoy las parturientas exigen la epidural para parir sin sentir los desgarros del alumbramiento -contraviniendo la condena bíblica a Eva, que ya lo podría padecer ella sola que fue la que pecó, y no Pepa, Antonia o Bernarda, que quizás sean unas santas-, porqué los que padecen la agonía del desamor –que se han quedado afectivamente extracolgados, vaya- no pueden disponer de un paliativo. No se si la comparación es buena ya que podríamos identificar epidural en las parturientas con ansiolíticos a mansalva, alcohol, cocaína, etc en los dolientes emocionales. Más bien la solución guarda similitud con la preparación al parto sin dolor, por lo que tiene de autocontrol.
Hay una vía en la que me gusta trabajar y por la que se termina consiguiendo algo. ¡Ojo que no soy masoquista, creo, es decir, que no disfruto precisamente con esto!. Se trata de observar cómo se manifiestan en nuestro organismo los sentimientos. Hoy, ante un encuentro de previsible tensión, relacionado con el tema que me ocupa, me dediqué a notar cómo se me aceleraba el corazón, cómo empezaba a sudar, cómo se me contraía la garganta, cómo me apretaba el pecho… y me decía: ¿podré yo hacer bajar mi ritmo cardiaco, relajar la garganta y aflojar el pecho?. Si lo consigo, ¿estaré logrando dejar de sufrir, o padeciendo menos? Lo logré a medias, creo que desde fuera apenas se notaba, y realmente me sentí mejor. Pienso que hay una estrecha relación entre los sentimientos y sus manifestaciones. No son lo mismo, pero van de la mano, y si regulamos la consecuencia, aunque no siga la lógica científica, puede que terminamos influyendo en la causa.
No obstante, como he comentado varias veces, y en eso coincide todo el mundo, el duelo hay que pasarlo y si no se hace, termina rebrotando de forma extraña, indefinida e imprevisiblemente. No valen las evasiones artificiosas extremas. De vez en cuando, una dosis amarga y tener paciencia, que el tiempo todo lo …
Duele que estas situaciones afecten a terceras personas cercanas. Es inevitable y tampoco se puede poner una burbuja alrededor de cada ser querido para que no se entere. La realidad es la que es y lo que no mata hace más fuerte, pero uno se pregunta si es justo, si se tiene derecho a hacerles pasar por esto. Aunque duela, hay que concluir que, siempre que la afectación no sea irreversible, cada uno ha de vivir su única vida –la reencarnación no está probada-, y si alguien tiene clara la decisión de la ruptura, no ha sido mi caso cuando ha ocurrido, tiene derecho a hacerlo. Pero también tiene el deber de evitar todas las alteraciones posibles a los seres cercanos y estos el derecho de exigírselo. En estos casos hay que sacar toda la cordura, paciencia, templanza, serenidad, generosidad, equidad, visión de conjunto, de futuro e incluso cariño, aunque esté enlodado por despechos y rencores extraños, de que se disponga. Ese cariño fraternal, que muchos exmaridos y exesposas sienten con el tiempo hacia su antiguo compañero/a, ha de aplicarse ahora, por adelantado, sabiendo que existe aunque no se perciba, para que arrime también el hombro en el buen transcurso de este difícil tránsito.
Ahora me voy, encantado, a cumplir una obligación familiar para con alguien muy cercano. Pero salgo antes de tiempo con la idea de refrescarme un poco en la calle, practicando el ameno quehacer de observar lo que pasa alrededor, sin perder la oportunidad que, de manera sana, me brinde el ratito: ver una cara bonita, contemplar un cuerpo –de adulta- armonioso y grácil, alguna conversación fugaz, sentir el aire fresco en la cara y notar, en definitiva, el pulso de lo que nos rodea. Hay sin duda sensaciones más excitantes, pero ya vendrán. Si primero viajas a la Gran China, puede que no te atraigan después los preciosos campos de Soria. Yo voy a empezar por Castilla. Queden ustedes con Dios.

jueves, 31 de mayo de 2007

Hablar con la gente

El día a día de los primeros tiempos de un nuevo proyecto de vida improvisado tiene su grado de incertidumbre. La mañana se tiene más o menos prevista, pero ya a la hora del medio día hay que inventarse el almuerzo, la siesta, muchas veces la tarde y sobre todo el ratito de esparcimiento de la noche. ¡Bendita rutina! Este penúltimo acto, el último es el de dormir propiamente, que también el sitio es opcional, es importante porque supone una especie de resumen del día. Si está bien, el día ha estado bien. No hay que salir necesariamente, alguna vez apetece quedarse leyendo o contestando correos, pero en la mayoría de los casos se necesita airearse un poco, ver gente que se divierte, charlar con amigos. Encontrar ese ambiente no es tan fácil, al menos para los que no hemos sido muy faranduleros, sino todo lo contrario, más bien familiares y recogidos a esas horas.
Sin embargo, sí hay personas en situación similar, no muy dadas al ocio cubatero, que no por ello son aburridas, sino sanas e inteligentes y que forman grupos con diversos fines, fundamentalmente la compañía, la comunicación, el esparcimiento, viajes, visitas culturales, senderismo, tapeos, cenas, etc. No son muchos, pero los hay. Me ha dejado su teléfono alguien integrado en estos círculos que ha quedado en ponerme en contacto con ellos. Estoy ilusionado, la verdad, porque muchas de las cosas que estoy viviendo lo han vivido ellos/as antes. Te pueden hacer una descripción pormenorizada de lo que te ocurre y de cómo te sientes.
La red también es una vía de comunicación. De momento me resisto a entrar en los chat al uso, cosa que es muy común, pero tampoco lo descarto más adelante. He preferido contestar a un anuncio ofreciendo contactar, para posteriormente formar grupos y conocerse. He tenido respuesta y ya veremos lo que da de sí, pero pinta bien.
La comunicación es de lo que más se extraña cuando se pierde. Ese rato al final de la jornada donde, si el ambiente es bueno, se comentan incidencias, estados de ánimo, se cambian impresiones, se llegan a acuerdos, se hacen planes, y si el ambiente es regular para mal, se discute, que a ciertas dosis también es sano. Luego están las “otras comunicaciones” pero esas prefiero no rememorarlas ahora, porque puede resultarme muy desestabilizador.
Ocurre que, viviendo en la sociedad de la comunicación a través de los medios, estamos sin embargo en la incomunicación personal, directa, cara a cara. Es la imagen tópica de una muchedumbre compuesta por solitarios que se tropiezan al cruzarse. Incluso está mal visto, se ve un poco raro, el que hables directamente a un desconocido. Los habitantes de los pueblos no tienen ese problema. Si alguien está cerca, eso basta para poder dirigirle la palabra con toda tranquilidad. En la ciudad es distinto. Hay recelo ante los que se acercan comentando algo, parece como si escondieran alguna intención malévola. El gimnasio es un sitio así, cada uno va a lo suyo.
Creo que hay que perder el miedo a hablar con las personas, aunque no se las conozca de antemano. Puede que , superada la reticencia inicial, la otra parte se anime y encuentre interesante ese pequeño intercambio de pareceres que puede dar pie a una relación más amistosa o cordial. Un saludo amable, un comentario oportuno e insustancial, pedir disculpas aunque casi no se moleste, una pregunta tonta que de pie a la conversación, puede ser el protocolo para ese breve contacto verbal que inicie una corriente de empatía compartida. Vencer esa natural timidez de las gentes de bien es facil cuando no se va con malas intenciones. Además, los tiempos de hablar solo con personas que te hayan sido presentadas primero ya quedaron atrás, entre otras cosas porque muchas veces no conoces ni a quien te ha de presentar, lo tienes que hacer tu mismo, ¡que mejor embajador!.

miércoles, 30 de mayo de 2007

Luna llena

He pasado el día arropado por la familia cercana. Deporte, siesta y dos urgencias: la primera al médico, con un vástago que tenía una gastroenteritis leve, aderezada con algo de “nervios”, producto de las circunstancias, y la otra a las tiendas Corty, para comprar dos pantalones, que los demás estaban lavándose y los viejos ya no me sirven. Cosas del adelgazamiento.

En una moderna tienda de muebles hay una cocina que cabe en un armario. Se cierra y ni se nota. Me la veo instalada en mi estudio, si es que finalmente se resuelve así. Ya empiezo a tener ganas de organizarme un poco, de tener mi sitio, pero puede que aún falte.

Ya casi al atardecer he ido al campo, a ver a mi padre y a montar un artilugio para pintar puertas. Se muestra, como siempre, atento y prudente, reprimiéndose las muchas preguntas que se hará sobre lo que le preocupa de mi situación. Lo se y se lo agradezco. Nunca me había puesto de mal humor con él hasta estos últimos tiempos, no estaba acostumbrado, por lo que pensará que no lo debo estar pasando bien si echo ese carácter.

Me entero de un detalle que ya no me debería importar, o sí, según se mire, y que me revuelve las tripas. Pierdo la serenidad de que venía haciendo gala los dos últimos días y, para mitigar el impacto, me doy un paseo por el cerro, a la luz de una luna inmensa y desvergonzada que nada oculta. El silencio nocturno, manchado por el rodar de los coches en la carretera, y lleno de mil ruidos exóticos y lejanamente familiares, me ayuda a recomponer la figura y a encauzar las entendederas. Una llamada telefónica a alguien muy querido hace el resto Cuando llego hasta a lo alto, salgo del camino y cruzo el campo de algodón recién brotado, pisando una tierra mullida y sensual, atravesadade hileras de matitas que se pierden detrás de la loma. Me entran ganas de sentarme, de tumbarme en la madre tierra, y de permanecer allí hasta convertirme en una mata más, y crecer y perecer mirando fijamente el valle en primavera, en verano, en otoño y en invierno. Respiro hondo, con ansia y con lujuria, una brisa brava que me hace subir el cuello de la chaquetilla y comienzo el regreso, al calor del padre, que no se dormirá hasta que no me vea entrar por la puerta y tomar algo de cena, que le tiene inquieto que yo ande remolón con la comida.

El paseo, pisar la tierra fértil, el vientecillo, le han dado otra dimensión a ese tiempo, que se ha relentizado, se ha vivido en sus pequeños detalles. La luna llena siempre fue inquietante, sinónimo de embrujo, de maleficio, de traición. A mi también me ha puesto algo en alerta, no sea que por su influjo, demos un giro trágico a lo que, pasado su tiempo, no será más que un avatar entre otras muchos, de una persona que pudo presumir de haber tenido una vida plena. Y es que me faltan muchas cosas por hacer, pero ya con otro sentido, viviendo más el camino que la meta. Disfrutando. Buenas noches.

martes, 29 de mayo de 2007

Rehacer o reorganizar tu vida


Mucha gente te dice: ¡tienes que rehacer tu vida!. Con ello se supone que tu vida está desecha y te están indicando que te busques una novia, que te emparejes, que fundes un nuevo hogar y vuelta a lo mismo, quedas “recogido” que es muy tranquilizador para los demás.
Yo no lo ve tan claro. Primero he de darme cuenta de la nueva realidad, de la que me acabo de enterar, o más bien aún no me he enterado. Luego he de iniciar el lento proceso de desenamoramiento y de “reconceptualiación” de mi expareja –verla como realmente es, no de la manera idealizada como la veía-, después se ha de reequilibrar mi mente que, aunque podía estar peor dadas las circunstancias, va saliendo hacia delante. Por otro lado tengo que reconstruir mi rutina doméstica –cómo y donde vivir-, crear mi vida social y redefinir mis prioridades y mis proyectos. A todo esto le vamos a llamar “reorganizar mi vida”. No implica para nada el tener o no tener pareja. Más aún, después del amargo y decepcionante final de la anterior, de entrada rechazo esa posibilidad. Las relaciones humanas con mujeres pueden establecerse a otro nivel de compromiso, y en cualquier caso, para mi va a ser fundamental que coincidan con un perfil coherente con el mío. Le tengo horror a la falta de comunicación por no tener un lenguaje, unos criterios o unos valores compartidos.
Por lo tanto no voy a rehacer mi vida sino a reorganizarla. De hecho, lógicamente ya he empezado, auque de manera algo torpe al principio.
He estado aprendiendo siempre, en el sentido convencional –haciendo cursillos, estudiando carreras- y he trabajado para que los demás aprendan –me dedico fundamentalmente a la docenccia- por lo que adquirir nuevos conocimientos ahora no me debería ser imposible. Solo que aquí voy a ser autónomo –no autodidacta, que es el que aprende “exclusivamente” por si mismo- en el sentido que no voy a buscar un guía psicológico que me lleve. La guía la iré elaborando yo a partir de las muchas orientaciones que recibo, de mis reflexiones, y de mi experiencia de equivocarme y corregir. Estos textos son de alguna manera esa guía.
La clave de todo proceso de enseñanza y aprendizaje es ir poco a poco y progresivamente. No podemos avanzar más de prisa de lo que permiten nuestras capacidades, aunque tampoco debemos perder el tiempo si están desaprovechadas. Otro elemento esencial es que el verdadero aprendizaje se realiza en la vida cotidiana. No hay que hacer un cursillo de 5 a 7 en el distrito. “A capar se aprende capando” dice un compañero tan bruto como eficaz. Por supuesto que no tengo intención de aprender a capar, no voy a necesitar de ese arte. Pero si de ir experimentando, buscando, viendo a la vez que escucho y reflexiono. Estos párrafos son una buena reflexión porque las ideas no se construyen en la cabeza sino en el papel, o en la pantalla.
Creo que lo que me es prioritario ahora es el lado emocional del asunto, donde soy más sensible, y dentro de esto, conseguir regular las dosis de dolor que me permito para aceptar la realidad sin que me rompa el corazón –y de paso las coronarias, que están algo cargadas y en la familia eso es un tema serio, vistos los antecedentes-. Se puede regular, no es fácil, pero hay recursos, ya los hemos tratado en las páginas del blog, y si lo consigues tendrás un mecanismo que te será útil en muchas circunstancias de tu vida.
El resto seguirá cuando le toque, unas cosas a la par y otras después, que detrás de un día viene otro y para todo hay tiempo. Dicen los buenos médicos que hay que saber esperar. Mientras se espera, se vive la vida con serenidad, como el caminante que, hacia el medio día, se sienta a la sombra del emparrado de una venta y saborea un baso de tinto y unas olivillas mientras ve pasar jadeando a los muleros que al final llegarán al mismo sitio, pero más cansados. ¡Buen provecho!.

El periplo

He vuelto de mi rápido periplo de fin de semana, de sábado a lunes.
La feria de Córdoba es muy popular, nada de casetas privadas y con poco “pijerío”. Tampoco son solo de sevillanas: las hay de música latiana, rumba, flamenco, de baile moderno, pasodobles, etc. Muchas están para comer en abundancia. Se accede por un puente iluminado y bordeado de puestecitos de feria. La portada es excesiva, grandiosa. Me recuerda la feria de los pueblos de cuando era niño, aunque sobredimensionada, por su color, sus olores y el estilo de sus gentes. Íbamos mi prima, su amiga y yo. En el Rincón Cubano probé un daikiri, que me gustó mucho. Nos animamos a seguir los acordes de un merengue con los mismos pasos que emplearía para un bolero, ese meneito rítmico que sirve tanto para un roto como para un descosido. Había una pareja que bailaba de cine. Después entramos en uno de rumba, la música altísima, y nos movimos con los mismos pasos que en el cubano.
Mis dos acompañantes estaban separadas desde hace ya años, por lo que fue muy útil conocer su experiencia, fundamentalmente desde el lado sentimental, que es el que más me afecta ahora. En un caso, su conyuge se había echado otra novia clandestina, pero sin ocultarlo mucho, y en otro, el marido era de muy difícil trato. Me confirmaron que cuando se junta un grupo de separados/as, siempre sale el tema. Como yo soy novato, voy aprendiendo de todo.
La mañana del domingo, después de un remoloneo inusual en la cama, fui dar una vuelta por la ciudad con mi prima, con la que me enzarce en una larga conversación de altísimo nivel trascendental. Da gusto poder hablar en esas alturas sin que tu interlocutor diga que es un royo y cambie de tema. La discusión siguió a la hora del café en el mismo tono. Por la tarde, una siestorra impropia de mis últimos tiempos, y es que como dice mi amigo Miguel Ángel, me debo muchísimas horas de sueño.
Una familia cercanísima vive momentos de incertidumbre y angustia por un problema de salud. Todos confiamos en que evolucione bien, pero hay que esperar. Son cosas que empequeñecen tu historia. Me hace pensar que uno se comporta egoístamente dando una dimensión a su asunto que puede resultar exagerada comparado con otras cosas. En mi caso el tiempo juega a mi favor, en el otro no se sabe.
Al sur de Jaén me quedo a dormir con mi primo, un tío grande y sano por dentro y por fuera, que también vive su pequeño drama, esperemos que reversible y pasajero. Atacamos lo temas con sinceridad descarnada, sin tapujos, lo que nos hace el efecto de una sauna para la mente. De cena, tomate crudo con aceite de la tierra, algo de jamón, queso y fruta. Nada de alcohol, nada de tabaco. Según el susodicho Miguel Ángel, seremos los muertos con mejor cara del cementerio.
Muy de mañana, para Granada, a un asunto judicial que no va conmigo.

Hacia las once entro en un ciber, acuciado por la necesidad de escribir. Durante el viaje he atravesado como unos bancos de una niebla melancólica y amarga, bajo un permanente estado brumoso que me mantiene la emoción a punto de desbordarse. De ese clima surgen las últimas entradas al blog. Por suerte, durante la espera el compañero de actuación judicial no para de hablar de cosas que me gustan, el campo, el huerto, la sierra, y distraigo mi historia.

El almuerzo en gratísima camaradería, bueno en calidad –ensalada exótica, un bacalao exquisito-, parco en cantidad, nada de alcohol, y muy, muy productivo en la plática. Hago de un viejo conocido un amigo. Quién da más.
En el camino de vuelta inicio una nueva estrategia de autocontrol que es tan simple como puede serlo de eficaz. Cuando la tenga probada, divulgaré la fórmula.
Mi hija pequeña, ya en Sevilla, me acompañó a un gran almacén y merendamos juntos. Creo que dábamos la imagen de lo que somos: un padre divorciado con su hija. Ella se sentía bien.
No salí ni fui al gimnasio. Me quedé solo en mi lugar de pernoctación, contestando con un largo mensaje los desvelos de alguien muy amigo.
Ha sido un fin de semana claroscuro, donde la luz ha brillado con fuerza entre los densos nubarrones, que al final parecían debilitarse algo. La batalla conmigo mismo se sigue librando con éxito relativo pero desde la dignidad.

lunes, 28 de mayo de 2007

Cimientos


Ha estas alturas aún, mirando hacia atrás, es todo tan reciente que no hay perspectiva para valorar lo que ha pasado. Los acontecimientos me parecen tan drásticos y van tan deprisa -tantas cosas en menos de tres meses contra veinticinco años- que tengo dificultad para aceptar los hechos. Si no reconozco que aún me parece una situación irreal, inverosimil, no avanzaré hasta la próxima etapa. La realidad es subjetivamente dolorosa, quizás objetivamente sea lo contrario, y he de irla digiriendo a dosis adecuadas. Si los sorbos son escasos, no harán efecto, y si son excesivos, pueden dejar secuelas incurables. ¿Cómo controlamos la ingesta? Los recursos son conocidos: comunicación, reflexión, relajación, autocontrol, evasión… etc.
Pero está claro que en el proceso hay un principio, que es el del reconocimiento de la nueva realidad. Creo que me he precipitado intentando avanzar deprisa. Tal vez las etapas no estén separadas por límites concretos, y se pueda ir adelantando antes el trabajo que toca después, pero lo que es seguro es que no se puede cerrar una fase sin haber terminado la tarea. Por lo tanto, todo debe transcurrir más lento de lo que yo había pretendido. A veces se peca de optimista y se piensa que algo de reflexión y de evasión –sana- resuelven el problema definitivamente. Pero hoy siento que no es así. Habrá que tomarse tiempo. Habrá que tragar despacio.

sábado, 26 de mayo de 2007

Salir de la órbita

No voy a ser tan pretencioso como para pensar que puedo ir quemando las etapas al ritmo de mi voluntad. Primero hay que identificar en que momento se está y luego se ve cómo se avanza. Ahora estoy tomando conciencia de que me encuentro atrapado en la órbita de la influencia emocional de mi ex. Todo mi mundo ha girado, gira, en torno suyo en las últimas semanas, de una manera consciente o inconsciente. Las decisiones que tomo, los actos que llevo a cabo, el discurrir de mi pensamiento me llevan hasta ella como si ahora toda mi vida tuviera un determinado fin. Dicen los ingenieros espaciales que para salir de la órbita de un planeta hay que dar un empujón con los recursos propios y aprovechar con inteligencia las fuerzas gravitatorias de otros astros celestes. Por ahí, me parece, va el tema: de entrada ya he visto que no estoy vagando por el espacio, si no dando vueltas alrededor de una luna de la que solo tengo presente su cara iluminada pero que nada más que me muestra su lado oscuro.
Es necesario mirar hacia el universo de personas que van apareciendo en nuestras proximidades, que está ahí y que hay que tomarse la molestia de verlas: esa recepcionista que se ha aprendido tu nombre y que te sonríe más que a los otros, ese compañero de calle que te felicita cuando nadas más lejos, esa monitora que siempre te dice que lo haces bien, esa compañera de trabajo que te mira vivaz y atenta, esa alumna que te pide una y otra vez tutorías, esa paciente que te llama pretextando cualquier consulta, ese colega, que se interesa por ti de manera franca, esa nueva conocida que quiere saber más de tu vida… y sobre todo ese grupo consolidado de amigas y amigos.
Puede que ninguna en especial, no lo se, pero todas en su conjunto, unas más que otras supongo, constituirán las fuerzas gravitatorias que me ayudarán a salir de la órbita en la que estoy prisionero. El empujón propio, -los cohetes de propulsión- lo tengo cada vez más a punto.
Pero todo esto no le quita fuerza a la atracción fatal.

De compras

En mi vida anterior, de casado no de reencarnación, que no me veo como mamut o como Rodrigo de Triana, tenía resuelta la cuestión de la vestimenta, porque mi ex conocía mis tallas y mis gustos, y me la traía a casa. Ahora, como además he adelgazado hasta el peso de mi adolescencia, la ropa anterior no me sirve, por lo que he tenido que hacerme de prendas nuevas, acorde con mi estilizada, algunos dicen que casi cadavérica, figura. Y heme aquí peregrinando entre percheros y maniquíes buscando no se muy bien que.
Lo mejor, tener decidido el precio aproximado y el tipo de vestimenta y luego, directamente al vendedor. A estos señores de los grandes almacenes, sobre todo los más maduros, les encanta que se les consulte porque vienen de la tradición de la antigua tienda donde había que vender el paño a base de persuadir a la señora, desempaquetando, mostrando y volviendo a empaquetar decenas de prendas parecidas, a ver cual le entraba por el ojo. Ahora la gente escoge y se prueba los artículos por si misma y tiene al vendedor como mero cobrador, y así el hombre se siente inútil, no se realiza. Yo los hago felices.
Primero les digo lo que necesito y si me señala donde se encuentra, les pido que me acompañen. Luego elijo el modelo, pero no lo cojo, no, le pregunto cual será mi talla y le indico que me la localice. Después le ruego que me la observe puesta, para ver como me queda y si no está bien, me traerá otra más ajustada. Y una vez comprobada la idoneidad, le pido que me localice otras prendas alternativas, de corte o función similar, para elegir en entre más variedad. Todo dicho con discreta amabilidad y agradeciendo con leve displicencia cada servicio prestado, lo cual da mucha autoridad. Si fuese una chica me permito un filtreo fino, casi indiferente, que haga ese momento un poquitín especial para ella. No hay que olvidar que estamos ante personas a las que también hay que darles algo de ilusión.
Antes era un hombre gris, en el sentido cromático de la imagen. Sostenía la absurda idea de que una prenda tenía que ser de calidad y de un tono discreto, adecuado al ambiente académico de mi profesión. Mis colores eran grises, beig, azules, marrones, algún verde apagado, etc. Absolutamente magistral. Pues ya no. Ahora tiro del muestrario y soy un escándalo. El último polo era rosa fuerte. Visto malva, rojo, verde manzana, naranja, pistacho, celeste, a rayas, etc. No quiero un gris ni en pintura. Bueno, un traje sí que he necesitado de ese color, porque era más barato y más polivalente. De pantalones, baqueros y de una especie de rafia. Hasta los chinos me parecen vulgares, a no ser que sean escandalosos de color, pero con cierta coherencia combinatoria, claro. Poco a poco iré relajando esta euforia vestimentaria -a otras personas la euforia les da por otras cosas-, que yo con esto no hago daño a nadie y, lo que es más importate, ni a mi mismo. Tampoco es que haya renovado totalmente mi vestuario, entre otras cosas porque con el cambio de talla he de saber en cual me quedo, no sea que después tenga que montar un tenderete. Creo que la primera cosa que me va a ilusionar hacer con una chica es ir de compras, después ya se verá.
Cuando te llega la oleada a la garganta, es necesario dejarla un tiempo, porque si no, nunca se van a quemar las etapas. Hay días más tontos para eso, ayer, hoy, y pienso que tampoco es cuestión de apagar artificiosamente las sensaciones y los sentimientos, que están inevitablemente presentes aunque agazapados. A veces piensas que los avances se hacen con dos pasos hacia delante y un paso atrás, y puede que algunos días sea a la inversa. Lo importante es que en conjunto, el camino se ande. Tengo que confesar por una sola vez lo que todo el mundo sabe, ¡que todavía la quiero!. Eso no significa que retroceda, sino que se desde donde parto. Al final llegaré a donde debo y todo esto quedará como un episodio que languidecerá en la memoria, de sabor entre amable y agridulce y con el tono sepia que da el transcurrir de los años. Para eso hace falta tiempo, y apenas ha pasado aún. Todo es muy reciente, todo es presente.

viernes, 25 de mayo de 2007

Los impares


Cada caso es distinto. Dicen que no hay dos divorcios iguales, lo mismo que no se repiten los trajes de gitana en la feria de Sevilla, según presumen los asiduos. No lo son las motivaciones, ni el proceso de los separación ni las respuestas posteriores de los separados. Hasta ahora, como la cosa parecía no ir conmigo, no había prestado atención al tema, pero desde hace pocas semanas ya tengo asumido que no hay vuelta atrás, y eso que he ejercido de ingenuo superlativo, manteniendo la esperanza contra viento y marea, a los ojos de los que estaban al tanto del estado real de las cosas.
Las causas más frecuente se atribuyen a la incompatibilidad de caracteres, a los conflictos por la educación de los hijos o por la gestión económica, a la perdida de interés por la propia relación, al maltrato psicológico o físico y a cualquiera de estos factores unido a la infidelidad, y a esta misma por si sola.
Los procesos van desde los más inteligentes y civilizados, donde se llegan a acuerdos equitativos y razonables, a los más duros, en los que el resentimiento y el rencor justifican las batallas legales en que vale todo: manipulación de hijos, espionaje, acusaciones falsas de maltrato, etc.
Las respuestas de los separados oscilan entre los que no quieren saber nada durante mucho tiempo de relaciones con los de sexo opuesto, y los que antes de que se enfríe una cama ya están calentando otra, aplicando la ley del monito según la cual el primate no suelta una liana hasta que no ha cogido la siguiente. En estos casos suele pasar que sean varios lo lechos que progresivamente acojan al nuevo soltero/a.
En medio se hayan los que prefieren “limpiarse”, “purificarse”, olvidar lo suficiente una relación para no interferir en la siguiente. Una subclase está a caballo entre estos y los primeros: son lo que no tienen previsto una nueva relación estable, pero si surge y están convencidos, pues prueban. Pero lo tiene que tener muy seguro.
Otra categoría se puede establecer por la situación económica en que se quedan los exconyugues, sobre todo en relación a la vivienda. Si hay dos viviendas, perfecto, si hay solo una grande y valiosa, se vende y ambos compran otras más pequeñas. Si hay solo una pero quedan ingresos suficientes, el que sale, normalmente el hombre, se alquila una. Pero si no hay ingresos suficientes o se malgastan, entonces se tiene que vivir de “prestado”, “recogido” en casa de un familiar o amigo. En este último caso hay una solución muy sencilla y eficaz: conquistas a una divorciada ingenua que tenga vivienda y te metes en ella por la cara, sin que te cueste un duro. Ganas de golpe una casa, una amante, una cocinera-limpiadora-planchadora-etc. y tendrás el placer añadido de disfrutar de lo que otro ha trabajado. A cambio de no fallar en los momentos íntimos, pues te puedes ver otra vez en la calle.
La siguiente clasificación se establece en función de la relación de los exconyugues entre sí. Las mejores, las que cambian el amor por un cariño sincero, manteniendo la complicidad en la cosas comunes e incluso en las personales. Las peores las que se odian a muerte y a veces la ejecutan. Los intermedios son variados, pero es frecuente que después de una etapa de tensión venga una de relativa cordialidad, superados ya los reproches, sin son personas medianamente inteligentes. En esto tiene mucho que ver la situación emocional de cada uno en la separación. Si uno toma la iniciativa porque ya no le interesa afectivamente la relación, está en clara ventaja: será su pareja la que tendrá que aceptar el hecho y “desenamorarse”, viviendo un autentico duelo, a veces largo y penoso, mientras que la primera podrá iniciar una nueva aventura amorosa sobre la marcha.
Hay un concepto tópico que choca. El de “rehacer la vida”. Según esto, la meta de las personas es vivir en permanente emparejamiento y si este se rompe, se supone que se ha destrozado la vida. Cuando se encuentra otra pareja, la vida se rehace. Puede ser así en muchos casos, pero son cada vez más los que no se plantean una nueva relación estable, una vez valoran la calidad de vida alcanzada viviendo solo y manteniendo contactos esporádicos o relaciones de pareja donde cada un vive en su casa.
Son los impares de vocación, que pagan algunos ratos de soledad por la libertad de organizarse la vida a su manera. Yo debo ser más pretensioso que nadie, pero creo que solo aceptaré una relación que convine compañía y afecto con libertad de movimientos. La cuadratura del círculo en las relaciones humanas debe ser posible.

jueves, 24 de mayo de 2007

Pequeños logros

No he leído ningún manual de autoayuda, de hecho estoy convencido de que, dependiendo de quién los lea, pueden resultar dañinos por cuanto alejan de la realidad e impulsan a derroteros imprevisibles. Así que la autoayuda me la proporciono de cosecha propia. Más que pequeñas metas diarias, que obliga a mantener una situación de tensión constante, me propongo adoptar una actitud de superación tranquila y analizar los pequeños logros después.

Primer logro.- Ayer me lancé a la piscina, literalmente, intentando mejorar mis aptitudes natatorias. Los tres primeros largos fueron “interruptus”, pero en el cuarto, casi sin proponérmelo, llegué al final de una vez. Para mí fue un pequeño éxito que espero mantener y superar, más aún, considerando que en el agua me siento un poco como dentro de mi mismo y especialmente sensible. Establezco inevitablemente una analogía entre la adaptación a este medio por una parte y la nueva forma de vida que las circunstancias me han impuesto, por otra. También lo relaciono con la superación de mi dependencia emocional de mi exmujer. Cada avance, aunque sea insignificante, en este terreno lo traslado al de mi proceso mental, y parece como si un aspecto animara al otro. Cada metro más de nadar sin parar, rato más sin acordarme de la pérdida.

Segundo logro.- De manera muy natural, sin recurrir a sitios raros ni a situaciones forzadas, estoy conociendo a gente sana y que se muestra abierta a entablar amistad, de momento sin pretensiones. La encuentras en los sitios normales, en la universidad, en el gimnasio, en la consulta, por lo que el círculo de amigos con los que compartir coincidencias va ampliándose lenta pero progresivamente. Quiero ir tranquilo, poco a poco, no a la caza y captura, atrapando lo primero que se encuentre. Eso sería agarrarse a un clavo ardiendo que pronto quemará y dejará unas cicatrices horribles.

Tercer logro.- Los amigos siguen siendo un soporte valiosísimo. No me fallan y no hay día en que no tenga un rato de charla con alguno. La mezcla de experiencia y aprecio hace que lleve esta situación mucho mejor de lo que corresponde a su verdadero significado. Me hacen olvidar que se han acabado trenita años de relación, veinticinco de matrimonio, una familia unida de cuatro hijos y que he perdido a mi esposa, que era también mi amante, y mi hogar. Al contrario, me recuerdan y me hacen ver que la vida está llena de oportunidades y que el tiempo todo lo cura. Mantener esa acción benefactora de mis amigos es un gran logro de cada día. Ayer estuve con uno de ellos, de los mejores, conocido de mi época de adolescente, con el que he ido mantenido contactos esporádicos. Cuando vuelves a verle te parece que no ha pasado el tiempo, tal es la rapidez y riqueza de la sintonía y el entendimiento. Asimismo, me han ofrecido ayuda y apoyo sinceros personas con la que mantenía una relación cordial aunque no una amistad especial. Gente buena e inteligente hay por donde menos te lo esperas.

Cuarto logro.- Ayer calló una fortísima tormenta acompañada de rayos, truenos y granizo. Se inundaron las calles rápidamente. Con esa fuerza inusitada, plomiza y certera, te alcanzan los recuerdos y las visiones que tanto daño te hacen. Pero noto que quizás esos momentos sean más cortos y menos numerosos cada día, a pesar de lo reciente y lacerante de los últimos acontecimientos. No me quiero llevar a engaño, que luego vendrá el crudo invierno emocional, pero pudiera ser que los vaya digiriendo al ritmo que me lo permitan las tripas de mi ánimo y de mis entendederas. Puede también que simplemente no esté tomando aún conciencia de la realidad. A veces esta llega en forma de bofetón, o de tormenta, como decía, y luego me evado con los múltiples artificios de los que me he provisto, relajación, pensamiento positivo, etc. Ya veremos, pues la mente, al igual que el cuerpo, es sabia y hay que dejarla hacer.

Quinto logro.- He disfrutado tanto de mi clase de primera hora como con el seminario de la tarde. Ha habido conexión con los alumnos, que ha participado activamente y se han marchado con la impresión de haber sacado conclusiones. Creo proporcionarles el marco para que vean otros aspectos del mundo que les rodea que no sean solo las cuestiones técnicas relacionadas con la salud. Lo pasamos bien todos. Me ha gustado mi trabajo. Mis compañeros amigos, la mayoría, están encantadores, me miman, y mi enemigo creo que ya no lo es, por lo menos se comporta muy respetuosamente. Lo de enemigo, si lo fuera, sería por su parte, porque por la mía lo valoro en lo que vale y lo respeto.

Sexto logro.- He mantenido una conversación con un familiar de mi ex, y ha resultado positiva, con independencia de que no comparta su visión de la situación en algunos aspectos, lo que es normal teniendo en cuenta la natural parcialidad. Pero ha sido cordial, sincera y reconfortante.

También ayer hubo un encuentro con fracasos y éxitos parciales, pero ese tengo prometido no contarlo. Vamos a quedarnos con los seis primeros y con la parte positiva del último. Con todo eso el día está hecho. Mañana, Dios -que si existe estará en lo suyo- dirá.

martes, 22 de mayo de 2007

De compromisos y rutinas

Una de las ideas que tengo que trabajar con rigor es la de que cada uno tiene derecho a vivir su vida, siempre que no le afecte gravemente a los que tiene a su lado. Eso choca directamente con el concepto de compromiso, que estaba profundamente arraigado en nuestra cultura pero que hoy día, vista la experiencia, ya no tiene sentido. Hay un compromiso con los padres y con los hijos, pero para nada con la pareja. Quién mantenga una relación por respetar el compromiso adquirido puede encontrase con que en otro momento él pueda pedir que se cumpla y la otra parte negarse sin más. Y eso es así y quien no lo acepte, más lo sufrirá cuando le suceda. Así que quede claro: ya, en el siglo XXI, no existe el compromiso entre pareja, solo los sentimientos, que suelen ser mutantes, y los intereses inmediatos, que también pueden cambiar. ¿Qué siento hoy, aquí, ahora por fulanito, qué me atrae, qué me satisface, qué necesidades me resuelve? ¿Qué me ofrece menganita, sexo, casa, comida, ropa limpia, compañía?
Los que seguimos aferrados a ciertos valores, que más que antiguos consideramos inmutables, estamos del todo equivocados. Somos un espécimen a extinguir y se nos debería proteger en centros de recuperación y cría en cautividad, como a los linces de Doñana. No porque sirvamos para nada útil sino por conservar la biodiversidad, para que las generaciones futuras puedan admirar en algún museo viviente a seres tan extraños, que desaparecieron por no saber adaptarse a su tiempo.
Construir cada día no es una tarea fácil cuando ha desaparecido la bendita rutina. Más aún cuando tu actividad laboral no está sujeta a una periodicidad diaria, como es mi caso, sino más bien semanal: los lunes toca esto, los martes aquello, y así. Algo que puede ayudar es tratar de reproducir los máximos gestos posibles cada día.
En el gimnasio, ocupo siempre la misma taquilla. Tambien trato de acudir a la misma hora y si puedo con la misma actividad deportiva. Después de la ducha, me afeito en el mismo rincón del lavabo colectivo. Siempre he sido persona de esquina, porque me ha permitido observar el resto del espacio desde un lugar discreto y privilegiado.
El sitio del desayuno es sagrado: donde te ponen lo que quieres sin preguntar. El almuerzo lo tengo resuelto medio bien, a falta de poder elegir la misma silla en la misma mesa, eso es más difícil. El camarero sabe que siempre pido un baso de agua y una copa de rioja, junto a los platos del menú.
Dormir tiene su pequeño rito por la mañana, cuando recojo el lecho de campaña con todos sus componentes. Como hay que arrodillarse en el suelo para enrollar bien el saco y el colchón autoinflable, el acto me recuerda a un monje rezando su oración matutina y encuentro algo de ritual, en el sentido religioso, a esta operación. Incluso me permito alguna reflexión sobre lo humano y lo divino mientras cuido que del colchón salga un cilindro perfecto y no puntiagudo por un lado. Alguien podría pensar que debo sentirme desgraciado en ese momento. Pues no, es un poco incómodo, pero nada más. Tuve momentos duros en mi adolescencia y estoy bragado para pasar situaciones en precario: recuerdo que de estudiante viví durante un año “de prestado”, en casa de unos amigos, y dormía en un colchón en el suelo arropándome con la ropa-camilla (con lo que se cubren las piernas para que no se pierda el calor del brasero eléctrico). Después, mientras trabajaba en un garaje, me acostaba por las noches en una fila de cuatro sillas alineadas. Cuando cuidaba a mi hermana pequeña en el hospital (hasta que falleció), me quedaba todas las noches en una sala cercana, durmiendo en un saco sobre el suelo. Por lo tanto, dormir en un lecho de campaña de última generación es todo un lujo, de verdad.
Lo más complicado es sustituir el tiempo de charla y confidencia con tu pareja al final del día, dando una vuelta y tomándote una cerveza, cosa que yo, con más o menos paz, tuve hasta el último momento, hace apenas un mes. Ese espacio-tiempo lo suplo ahora con visitas aleatorias a gente conocida o familiares, generalmente parejas. ¿Dónde están los impares de la tierra? Si hay que buscarlos en bares de copas, va a ser que no. Bueno, en realidad tengo pistas, pero todavía no me he organizado para ponerlas en marcha. Creo que el senderismo en grupo es un buen lugar para la socialización con la gente de mi perfil. Caminar, siempre caminar, mientras se observa y se vive lo que te rodea, es una filosofía de vida que espero compartir con otras personas.

lunes, 21 de mayo de 2007

Paso a paso

Los hijos, la familia y los amigos son el principal soporte en los tiempos duros. Al final es uno mismo el que tiene que resolver su papeleta, el que da el empuje, el que decide lo que hay que hacer. Pero esa red afectiva e inteligente es imprescindible para asegurar la mejor salida posible. Lo más útil es la variedad de opiniones que hacen que uno pueda decidirse reflexivamente por una de las distintas posibilidades. Hay que escuchar a todo el que nos quiere bien, aunque unos planteamientos sean contradictorios con otros o en principio recelemos de esa persona. Ya sabremos que camino seguir de entre los propuestos. A veces alguién nos aporta un detalle interesante, un punto de vista diferente o nos hace dudar de aquello en que estábamos obcecados. Sopesando todos los aspectos y considerando todos los matices, mantendremos un proceder equilibrado que nos permitirá no cerrar ninguna puerta y no dar pasos en falso o irreversibles. Y sobre todo, los hijos, familiares y amigos nos abren una ventana iluminada hacia el futuro, nos acercan la luz del final de túnel y nos llevan en volandas hacia la boca exterior de este. He tenido una gran suerte con mis hijos, con mi familia y con mis amigos: me van a permitir retomar mi propia ruta tras sufrir el más terrible de los accidente después de treinta años de viaje.
En una entrada anterior, "Juntando cachos", elaboré para consumo propio un listado de herramientas (cualidades) que me serían útiles para recomponer la figura, y el fondo, y seguir caminando: visión global y algo trascendente, dignidad,, bondad, inteligencia, optimismo., ingenio, capacidad para vivir los momentos del día a día, potenciar las relaciones humanas, planificación, tesón y tenacidad, perdonar y aceptación del sinfín de defectos propios. Hay otro elemento esencial, que quizás no se halle explícito en este resumen, Es el mantener en todo momento los principios y las convicciones personales. Da igual lo que haga la otra parte, ese es su problema, ella será la responsable. Uno debe hacer lo que tiene que hacer y no apartarse de ahí. No dejarse llevar por euforias circunstanciales -ya somos adultos- ni por obnubilaciones momentáneas y a todas luces pasajeras, que en el mejor de los casos dejan una sensación de vacio y en el peor te arruinan para la vida para siempre.
Estoy empezando, nunca me han faltado, ha encontrar lo espacios emocionales apropiados para organizar mi vida. Son menos los tiempos en que me dejo arrastrar por la angustia y la ofuscación que produce esta situación desgraciada, torpe y absurda. No pretendo “pasar de rositas”, sería falso, pero si vivir bien las etapas, para que no cierren en falso y no haya que repetir errores, de los que uno no está libre nunca.
Por la tarde noche quedé con unos antiguos amigos a los que antes, como pareja, tenía dificultades para ver. Son gente joven pero madura, que viven en ese momento donde la ilusión de la juventud está intacta pero está dotados ya de los bagajes de la experiencia, propia o ajena. Coincidimos en el análisis de la ruptura. Me hizo gracia la llamada “ley de monito” que viene a decir que el mono no suelta nunca una liana hasta que no tiene asida otra. Y hay que recordar la ascendencia humana de los primates. Tiene un niño precisos, muy juguetón, y una perra noble y revoltosa. Ambos conviven bien, y en todo caso es el animal el que se lleva todos los golpes del chico sin rechistar. Llevarse golpes sin rechistar…. Eso me trae a la memoria muchos recuerdos. Cuando una relación del tipo que sea se inicia con la dominación, por el método que fuere –actitud agresiva o chantaje emocional, que es más potente- de un miembro sobre otro, ese esquema perdura siempre. La persona dominada adoptará una actitud defensiva y terminará desarmándose, desestructurándose, y generando una especie de síndrome de Estocolmo, donde verá como natural que el dominador ejerza su presión y como algo extraordinario, especial, que hay que agradecer, cualquier muestra de afecto. Eso hace a la persona dominada tremendamente dependiente, en el aspecto afectivo, del dominador. Incluso puede salir en su defensa, hasta que es "desprogramado" y ya lo ve de otra forma.
Disfrutamos de unas cervezas, yo de un zumo, en una mesa de un espacio público muy amplio, cuya remodelación es discutible. Son gente tranquila en el trato e inquieta en su vida cotidiana. En realidad llegan cansados de una rutina muy dura para esta generación.
La ida y la vuelta la hago en bici. Todavía voy demasiado deprisa por los carriles. Tengo que relajarme un poco para disfrutar más. De refilón vi a una chica con evidentes signos de ejercer la calle. Me sorprendió que era joven y guapa y exhibía sus senos casi por completo, mientras tiritaba de frío. Me dio pena. No tengo el propósito de recurrir a estos servicios, aunque asesores no me faltan. Por un lado hay un peligro real de contraer enfermedades como el SIDA. Por otro no contemplo el sexo sin afectividad por ahora y no es cuestión de enamorarse y desenamorarse en treinta y cinco minutos. Esas operaciones requieren más tiempo. A veces duran años.

domingo, 20 de mayo de 2007

Cena homenaje.


Un amigo, escritor novel, me invita a su primera firma de libros en la Feria anual del sector. Pertenece a una las parejas con las que hemos salido conjuntamente de vacaciones los últimos cuatro años. Me mimaron como a un enfermo o a un niño y bromearon sobre mis circunstancias, para desdramatizarlas. Aunque la situación era extraña, resulta reconfortante que se acuerden de ti y que no quieran perder del todo la relación, que de todas formas ya no puede ser igual. Ellos, lógicamente, han seguido saliendo juntos. Cenamos en una mesa donde los comensales éramos impares y comí como hacía meses que no lo hacía, interrumpiendo la dieta por un día. Quedamos para una fiesta donde celebrarán la publicación del libro.
Lo más llamativo es que todo el mundo te habla de mujeres y quiere encontrarte novia enseguida, como si eso fuera una prioridad ahora. La gente que acaba de salir de una relación y se mete en otra directamente, no tiene tiempo de madurar lo que ha pasado, de asumirlo, de “limpiarse”. Eso lleva un tiempo, incluso de abstinencia. Todo tiene que reposar. Ni en los momentos más duros de estos días me he planteado, ni de pasada, aplicar aquello de “la mancha de una mora, con otra mora se quita”. La persona que lo haga así, termina sintiéndose culpable y sucia, por más que haya tenido instantes de intenso relax. Una nueva pareja debe aparecer en su momento, cuando la resaca anterior ya haya pasado y no cree interferencias en la nueva, y solo cuando las dos personas se reconozcan en sintonía y atraídas. Previamente han de “congeniar”, porque para fracasos, ya está bien.
Otra cosa son los amigos, o amigas, los más íntimos, los más alejados, los viejos, los compañeros, incluso los amigotes. En esos si que hay que refugiarse y darles la brasa si piedad, que hoy por mí y mañana por ti. Todo el mundo entenderá la situación, se mostrará solidario, te escuchará, te animará y te dará su opinión desde su experiencia y su distancia.
Puede ser bueno, ya lo hemos comentado, observar las reacciones propias con ojo de observador externo, analizando con curiosidad el transcurrir de lo que se piensa y de lo que se siente, y como se complementan o se contradicen (o ambas cosas a la vez) las sensaciones. Los sentimientos tiene una especie de ubicación en un sitio concreto del organismo y si se trabaja sobre esa zona, parece que se resuelve momentáneamente la sensación negativa y el sentimiento se aplaca. Es un recurso que trato de usar.
Hay veces que parece que nada sirve, sobre todo en los momentos de ira, de frustración, de angustia intensa, pero se pasan cuando finalmente impones la cordura y el reequilibrio. Se trata de ir tensando las riendas de un caballo bronco, para que no se salga de la estrecha senda marcada. No sea que nos despeñemos, que el paraje es abrupto y el abismo acecha.

sábado, 19 de mayo de 2007

Rabia y poesía.


¿Cómo se puede atenuar el horror de una dentellada traicionera que no cesa?

¿Cómo engañamos a nuestra emoción para que no nos estalle mil veces?

¿Cómo apaciguamos nuestra rabia enardecida, burlada y humillada?

¿Cómo puede la razón y la voluntad gobernar los sentimientos en momentos de crisis?

Quizás la respuesta esté en la poesía cotidiana, esa que nos envuelve invisible desde todos los átomos de nuestros sitios. Hoy he de recurrir a todo lo bello que sea capaz de encontrar porque solo así, creo, podré mitigar el dolor, la incredulidad, el desconcierto, la sensación de subrrealismo y la profunda desconfianza que estoy tomando a la mitad del género humano.

Ayer de mañana, camino de la casa del abuelo, desde la carretera observé los trigales de un verde casi lascivo, que semejaban bailar la danza del vientre movidos por una brisa atrevida y frescachona. La luz daba un tono vivo a todo el valle, que parecía nuevo a estrenar. Desde la altura por donde transcurre –serpentea, podríamos decir- la vía, los tractores en sus faenas de labranza emulan a las yuntas de bueyes de un portal de Belen anacrónico, donde los vespinos han sustituido a los asnos. El abuelo me recibió contento y tuve la impresión de que me estaba perdiendo unas vivencias irrepetibles cada vez que dejaba de venir a verle. Me dijo lo que me tenía que decir y me volví reconfortado.

En la antigua venta, remozada con el inevitable mostrador de acero inoxidable, saludé en alto, como lo hacen los hombres del campo, y pedí mi desayuno. Coincidí con un viejo conocido que sabe por donde ando y departimos sobre cosas intrascendentes mientras daba cuenta de una tostada consistente, de un pan prieto donde la miga es tan sustanciosa como la corteza. El aceite, bravo, el jamón, sabrosísimo, y el descafeinado –no estoy yo para estimulantes- en su punto. Salí con sosiego de estómago y buen ánimo de espíritu. Buena forma de empezar el día.

Elegí ser el portero porque no tenía ninguna confianza en mi fondo físico para jugar el partido. Los alumnos siempre ganan a los profesores, es tradición. Me tiraron a puerta ocho veces y paré tres. Una en el suelo, otra en el aire y la tercera despejé con el puño y fue el inicio de una jugada que terminó en gol. Los cinco restantes ni los vi. Estos alumnos, descarados, nos han perdido el respeto. Durante la comida en el parque mantuve unos minutos de charla con una personita encantadora. Me sentí un poco azorado, creo que por falta de costumbre. La sesión de chistes fue muy buena, pero no recuerdo ninguno, siempre pasa igual. La paella, inmensa y genial, estuvo lista cuando ya apenas teníamos hambre.

De vuelta en casa del abuelo, me acomodé para una siestecita. Me sorprendió un sueñecillo reparador del que ya había perdido la costumbre. Otro descafeinado y algo de bizcocho entonan otra vez el cuerpo, mientras te distraes con las anécdotas insustanciales y simpáticas que se cuentan a esta hora.

Rememorar todo esto me permite mantener la esperanza en mi convulsa lucha interior. Con que solo uno lo lea, me es suficiente. Seguro que percibiré su aliento de ánimo y solidaridad. Mañana, el discurso será más luminoso, ya lo verán.

espinosa@us.es

viernes, 18 de mayo de 2007

Recolector de momentos



Hay días en que la vida te da una puñalada especialmente cruel, fría y lacerante, lanzada a los higadillos de tus valores, de tus principios y, porque no, de tus ilusiones. Pero a estas alturas has de estar bragado para permanecer vivo y haces de tripas corazón para ir tirando. Uno de los remedios para taponar la tremenda herida se remonta a la noche de los tiempos.


Al principio, los hombres buscaban su sustento en lo que la naturaleza directamente les ofrecía. Antes de la caza y de la pesca, los primeros pobladores se dedicaron a la recolección de frutos silvestres, raíces y tallos comestibles. La esencia de esa tradición ha perdurado en el tiempo y se traduce hoy en actos como, por ejemplo, la búsqueda obsesiva de la oportunidad en las rebajas, del objeto preciado en la tienda de segunda mano o de la mejor butaca en el cine. Son pequeños trofeos que recolectamos cada día, a imagen de nuestros ancestros. Yo me dedico ahora a recolectar momentos.
Hoy he encontrado varios:
- Una compra muy ventajosa y que preveo útil. La he perseguido hasta conseguirla a casi la mitad de su precio.
- Un logro en natación: por primera vez en mi vida he nadado de espaldas. La sensación ha sido tan novedosa y agradable que me he hartado de reír por lo bajini mientras avanzaba hacia atrás. Me parecía increíble que fuera tan fácil.
- Una amena conversación, aunque corta, con una persona muy agradable, con la que surgen varias coincidencias y conocidos comunes. Establecer nuevas amistades, aunque sean circunstanciales, resulta muy gratificante cuando el circulo social es relativamente reducido.
- Un rato de trabajo compartido con un miembro de la familia muy querido, con la que se establece una total empatía y durante el cual se manifiesta el cariño mutuo.
- Una velada de reencuentro con un matrimonio amigo, al que no visitaba desde hace años por motivos ajenos a tu deseo. Observar cuanto parece seguir igual y cuanto cambia en estas personas con el paso de este tiempo es muy interesante.
- Unos instantes, al final del día, con otra persona muy querida, en el que tratas, y consigues en gran parte, acentuar el vinculo familiar que os une.
- Constuir este texto desde el que compartes -y repartes- carga emocional entre tus amigos, liberandote de parte del peso; modelarlo, afinarlo, hacerlo más preciso, más significativo para que su forma y su contenido sean fieles a lo que necesitas decir.
Al cerrar el capítulo, ya avanzada la noche, y hacer balance, tratas de minimizar tanto la puñalada como el aguijonazo posterior, que a modo de replica de un terremoto, te ha alcanzado después. Te quedas con los momentos mágicos y te prometes que mañana irás con ojo avizor para no dejar escapar ni uno solo de esos instantes que tan bien cubren y sanan los desgarrones de tu alma. Quizás un desconocido te salude con una sonrisa sin pretender venderte nada, o tal vez logres dar un pasito en la tarea de acomodar tus entrañas al cambio de la realidad exterior que tanto te afecta. Aunque fuera solo un paso, ya habré hecho el día.

jueves, 17 de mayo de 2007

Domesticando el aire. Relajando el cuerpo y la mente.


El parto sin dolor, ese que se practicaba antes de que la seguridad social pusiera sistemáticamente la epidural, se basaba en la pérdida del miedo y en el control de la respiración. Ese control es esencial también en la natación, en el deporte, y otras situaciones donde, en vez de dejar que los automatismos bioquímicos y neurológicos regulen las insuflaciones a su antojo, el individuo toma las riendas y decide en que momento, y con que intensidad y ritmo inspira y espira. En muchas prácticas alternativas holísticas, como el yoga, el taichí, la bioenergética, etc, el flujo controlado del aire es un tema central.
Sin haber recibido formación específica, en mi caso me esta siendo utilísimo porque me permite salir de momentos de fuerte emoción o angustia –cuando me sorprende algún recuerdo intenso o alguna visión mental impactante- de manera rápida y eficaz.
Al concentrarse solo en la entrada lenta y profunda de aire en los pulmones, sintiendo como el torrente etéreo se abre paso, arrollador, a través de la traquea, los bronquios hasta alcanzar el alveolo más alejado, se apagan rápida y progresivamente las luces negras del cerebro y se ablandan la tenazas del corazón y de la garganta.
Si presientes que la ráfaga perturbadora va a ser un vendaval, prepárate para una relajación en toda regla. Siéntate cómodo, en un buen sillón, con las plantas de los pies bien apoyadas en el suelo, las rodillas en ángulo recto, pero caídas hacia los lados si les apetece. Las manos entre los muslos o en el reposabrazos. La cabeza, mejor reposada hacia atrás –en un sofá puede estar en la hendidura entre los cojines- pero también pues apoyar delante. Otra posición es tumbado boca arriba en una cama. La ropa aflojada, los zapatos que no aprieten,
Empieza respirando lenta y profundamente. No de manera agitada. Después concentra tu atención en el dedo gordo del pie derecho y siente como tiene vida propia, pero se vuelve pesado. Esa sensación de sentir la energía –interpretación alternativa de la sensibilidad- ha de seguir hacia la pierna. Empieza igual por el otro pie. Sigue con la respiración profunda y pausada de manera que sientas que a cada insuflación, las áreas que se van “desconectando” son mayores. Todas se vuelve muy pesadas. Van de abajo arriba: las piernas, las rodillas y luego el vientre. La paz va inundando tus sentidos y tus emociones. Los pulmones siguen inalterables su crucial función, imperturbables. Has hecho que los dedos y las manos, los antebrazos, los brazos sigan el camino de las piernas y se muestran pesados, inertes… Ahora sentirás la barriga que se afloja. Notarás su masa, su volumen, su calidez, a cada renovación del aire, que sigue llegando de manera regular y segura. Las sensación de sosiego subirá hacia los mismos pulmones y sobre todo al corazón, que latirá noble y discreto, arropado por el pecho sereno. Por último la relajación alcanzará el cuello, y la garganta se liberará de las últimos vestigios de opresión. Finalmente, la mente se inundará de un blanco indefinido y quedará en paz, en armonía, sintiendo el resto del infinito en su justa medida, atenuando las sensaciones exteriores, y manteniendo suavemente la conexión con el propio cuerpo y el propio yo. Solo en algún área de la conciencia queda una luz de guardia que nos guía en el viaje, de manera que cuando decidamos el regreso, nos pongamos en marcha.
Para desandar el camino, empezamos a sentir y a mover el dedo gordo del primer pie, luego el del otro, luego la pierna y así, en ese orden, todo, pero despacio, como si no tuviéramos prisa en abandonar un estado tan placentero. Levántate poco a poco y reanuda tu actividad al ritmo que te marques tú, no al que te impongan los que te soliviantan. A la vez, reflexiona, si quiera superficialmente, sobre la absurda carrera hacia ninguna parte en que convertimos a diario nuestras vidas. Adopta un cierto talante existencial en tu rutina. Te encontrarás mejor. De paso, el embate del dolor habrá quedado de momento conjurado.
Ojo, es conveniente que la primera vez que se practique, la relajación sea guiada por un experto: psicólogo o afín.
No obstante, tampoco podemos escaparnos continuamente del dolor, porque necesitamos elaborarlo, asumir sus causas, y no es bueno eludirlo continumente. Si lo hacemos mal, no se cura y rebrotará en cualquier momento posterior con formas extrañas. Esta técnica sirve para controlar el dolor, pero no debe ser usada par evadirse permanentemente. Seríamos siempre débiles. Digamos que sustituye a la borrachera o a la adicción a las drogas, aunque sin sus terribles consecuencias. Pero finalmente, debemos tomar conciencia de lo que hemos vivido.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Juntando los cachos


Después de que tu vida se ha roto del todo, de un golpe seco, no te queda más remedio que recomponerla con los pedazos caídos aprovechables. Eso te obliga a reflexionar sobre ti mismo, pues alguna forma has de darle al batiburrillo de piezas que han quedado esparcidas por el suelo. Para ello recurres a identificar los elementos más positivos que, entiendes, componenen tu personalidad.
Lo primero que necesitas es tener una visión global y algo trascendente de lo que te rodea para orientar el sentido que quieres darle a tu vida, o el que puedes darle en función de tu personalidad y tu cultura. ¿Que papel ocupan tus proyectos de cada día y de futuro, tus hijos, la amistad, el amor, el ocio, etc.?
Lo segundo es dignidad, no entendida como orgullo banal sino en su dimensión humana, que permite puntualmente el llanto y el ruego, que si es en su momento justo, no significa humillación. Creo que dispongo de la dignidad necesaria en cantidad y calidad.
Lo tercero es bondad. En su lucha contra el rencor, ha de prevalecer porque de lo contrario terminas siendo un mezquino al que no te soportarás ni tu mismo. La bondad ha de ir acompañada de equidad, para no hacer el "canelo".
Lo cuarto es inteligencia, que no listeza. La listeza es la inteligencia mal entendida, egoísta e inmediata, que no ve más allá de las narices. Termina siendo torpeza. El inteligente procura el bien general para él sentirse a gusto y participar de esa situación. El listo solo su bien particular para estar por encima de los demás.
Lo quinto es optimismo. En las peores situaciones de animo, se tiene que tener asido el cabo de la esperanza. En esos casos hay que creer a los amigos que te dicen que de todo se sale, que tiempo al tiempo, que lo que no mata fortalece, etc.
Lo sexto es ingenio. Es la inteligencia aplicada a campos concretos. Va unida a la creatividad y a la capacidad de poner en marcha los proyectos futuros.
Lo séptimo es capacidad para vivir los momentos del día a día, que son los únicos que existen, porque los anteriores ya pasaron y los futuros no se sabe si llegarán.
Lo octavo es potenciar las relaciones humanas con tus hijos y familiares primero y con los amigos después. Más vale reforzar los lazos con los ya conocidos que buscar desesperadamente otros, aunque hay que estar abierto a todo.
Lo noveno es planificación concreta para establecer líneas generales de actuación, y prioridades inmediatas, pues de lo contrario te perderás en el camino.
Lo décimo es cuidar de todos los aspectos de tu salud, procurando que no llegue a la obsesión. No olvidad que de los cuarenta para arriba…
Lo undécimo es tesón y tenacidad, pues poquito a poco se llega lejos y uno puede parar... para continuar después.
Y lo duodécimo, ser capaz de perdonar cuanto antes, cosa que egoístamente le interesa más al agraviado que al agraviante, por cuestión de paz interior, de salud emocional y de mente despejada, aunque en principio no es fácil, como tampoco lo es la natación.
A este dechado de virtudes hay que añadir la aceptación del sinfín de defectos que lo acompaña, muchas veces como contrapunto de aquellos, y que se llevan también con dignidad, que humanos somos todos. ¡O no!

Nadar y no hundirse.


Yo, señores, soy de secano. En mi entorno rural infantil no había ni una alberca ni una charca ni mucho menos una piscina o playa. Y si había algo cercano geográficamente, no lo estaba de nuestras costumbres, pues las únicas aguas que veíamos era la del pozo, la de la acequia de riego y la del baño semanal, que lo de ducha diaria es moderno. He sido, pues, un pésimo nadador. Hice un cursillo en mi juventud y llegue a cruzar la piscina in extremis, pero no he vuelto a dar más de tres brazadas seguidas. Y como estamos en periodo de superaciones y esta espinita la tenía clavada, me dije: ¡Cándido, este es el momento!. Y me apunté al cursillo en el gimnasio.
Desde el primer día vi que no era coser y cantar. Lo más difícil, sincronizar la respiración cuando se nada con la cabeza bajo el agua. Si te equivocas, buche de cloro diluido. A los de secano nos produce ansiedad tener la cabeza sumergida y no hemos soltado aún todo el aire cuando ya la estamos subiendo para inspirar, lo que genera mucha tensión: el corazón se pone a tope, te angustias y te paras en medio de la calle para respirar a gusto.
Cómo un flash, he visto el paralelismo entre el aprender a nadar y el vivir la entrada en la nueva vida de resoltero. En ambos casos apareces torpe ante los expertos, que te miran con condescendencia, recordando que ellos pasaron por lo mismo. Te sientes observado y perdonado a la vez.
Los dos aprendizajes son duros, sin nada de automatismo, y hay que “currárselo” día a día. En algún momento te angustias bajo el agua o te deprimes en la soledad, y tratas de dejar que pase y de siguir de nuevo. Ves que no avanzas en la distancia recorrida, notas que el día de hoy fue casi tan triste como el de ayer, pero lo analizas con detalle y observas que algo has progresado y que algún aliciente nuevo has obtenido. El que sabe te dice cual es la técnica de braceo o donde están las claves para asumir la realidad, mas no sigues con eficacia sus indicaciones, aunque te lo propogas. Estás con el agua al cuello pero te queda el margen justo para respirar. Cuando, cansado y con el corazón palpitante, te encuentras detenido en medio de la calle, o varado en mitad de la tarde, ves el final lejano y difícil de alcanzar. Entonces recuperas fuerzas con calma y te concentras en la forma de seguir, vuelves a la carga y terminas llegando al borde de la piscina o a la pequeña meta de cada día. Repentinamente, te paraliza una contractura de los gemelos o un latigazo de melancolía, y si no das pie o tu fondo moral es endeble, puedes hundirte para siempre. Por fortuna nadas en aguas amigas y encuentras un apoyo donde estirar el músculo o un hombro donde consolarte. Sabes que si sigues así, terminaras sabiendo nadar decentemente y obteniendo una autonomía personal sin hipotecas emotivas. Pero también eres consciente de que nunca terminarás de aprender todos los estilos ni te liberaras completamente de tus vivencias ni de tus anclajes.
Hay un punto, una puerta, donde la metáfora se concecta lo representado. En el mismo sítio, cerca del final de la calle de los nadadores lentos en la que yo practico, donde el agua todavía cubre por los hombros, me han asaltado de golpe todas las realidades descarnadas de las últimas semanas y me he sentido profundamente olvidado en medio de ese pequeño océano. Es un abandono ancestral, casi ignoto, que parece enlazar con el desprecio reciente. Mi amigo psicoanalista probablemente diría que hay una hilazón entre el agua como útero –rememoración materna-, la muerte prematura de mi madre y la muerte afectiva de mi mujer, en su papel de segunda madre: según eso he sido huérfano dos veces. Puede ser, pues todo lo freudiano es muy complicado. Por suerte, tras descansar unos instantes y respirar tres veces profundamente, sigo adelante, aunque algo descentrado y con el corazón como encogido. Luego se va pasando.
Poquito a poco, estoy sustituyendo grasa por músculo y barriga por hombros. Ya no soy gordo. El otro día una señora relativamente joven se puso a ligotear conmigo, con todo descaro, en la consulta del dentista. Antes, ni de coña. ¡Dios como está el patio!. Ya no se respeta ni el recogimiento de los que solo queremos tranquilidad… de momento.

domingo, 13 de mayo de 2007

Amor y neuronas

Dentro del arsenal de recursos que tenemos para salir de situaciones difíciles están las frases tópicas que tratan de relativizar la situación y de verla de otra manera. Son enunciados inteligentes, multifuncionales, que valen para un roto y para un descosido, y que suponen una especie de oración, salmodia o sortilegio para los no creyentes, en el sentido religioso de la palabra. Vamos a ver algunas:
- El tiempo todo lo cura
- Lo que no mata te hace más fuerte
- Hoy es el primer día del resto de tu vida
- Para ti, no hay en el mundo nadie más importante que tú
- Después de la tempestad viene la calma
- Hay que ver la botella medio llena
- Todo tiene solución menos la muerte
- Hay que mirar hacia delante
- El mundo está lleno de nuevas oportunidades

Yo voy a añadir otra: Haz que tu cerebro gobierne a tu corazón.
Con ello no quiero decir que no se vivan con intensidad los sentimientos, incluso las pasiones, sino que no nos hagan daño porque el resultado sea contrario a nuestra forma de ser y de entender la vida. Puede parecer frío, calculador y desapasionado, pero no lo es. Me considero sensible y con gran capacidad de dar afecto, incluso apasionado, y no voy a renunciar a eso, pero a estas alturas hay que guiar con inteligencia hacía donde marcha nuestro corazón. Porque si con el amor buscamos la felicidad, no hagamos que este te haga infeliz, cosa que ocurre más de lo que debiera.
Como licenciado en Antropología, que no antropólogo de oficio, se que en muchas sociedades antiguas y modernas, son los padres o tutores los que seleccionan a los futuros cónyuges de los hijos, y estos esperan con ilusión a su asignado/a. En nuestra sociedad, el emparejamiento no se inicia por amor o flechazo en la mayor parte de las ocasiones: existe una coincidencia en el perfil de ambos, como si los dos supieran que el otro además de que les gusta, les conviene. Puede no parecer romántico pero, como ya he apuntado en otra ocasión, es muy raro que un subsahariano sin recursos y poco agraciado sea el novio de una chica europea, de clase media alta y guapa. Con esto no estoy descubriendo nada nuevo, sino desmitificando la libertad absoluta y la exclusiva motivación romántica de las relaciones de pareja. En cualquier caso, el amor se construye en gran parte a voluntad, como el odio y otros sentimientos, aunque no se pueden negar que haya disposiciones psicológicas, personales, que nos encaminen hacia unas personas u otras.
Toda esta perorata, demasiado larga y formal, la lanzo -me la digo a mi mismo- para poner en marcha los resortes que me proporcionen algún autocontrol en mis propios sentimientos, tanto hacia el amor como al desamor. Algún resultado empiezo a vislumbrar pero estoy tranquilo, porque la capacidad de amar no la voy a perder nunca.

sábado, 12 de mayo de 2007

De amigos y recuerdos

Lo más importante, después de respirar y comer, son las relaciones humanas. ¿Recuerdan aquello de “el humano es un ser social por naturaleza”?. Pues es verdad. Aquí también podemos establecer categorías –hábito intelectual que tiende a clasificarlo todo, olvidando que hay cosas que no caben en ningún estante- y pueden ser las que siguen. Seres más inmediatos, como la familia directa, si es apegada, y las personas muy allegadas, después los amigos y compañeros de trabajo cercanos –que puedes ser amigos o enemigos-, a continuación los amiguetes y conocidos y finalmente los conocidos lejanos, esos que ni fu ni fa. Por supuesto, los individuos pueden pasar de una escalafón a otro, dependiendo de cómo evoluciones la relación, siempre cambiante, ¡que me lo digan a mí!. Hay un tipo de relación que es especialmente valiosa: el de los viejos amigos. Aquellos que se cimentaron en épocas lejanas y que perduran para siempre, aunque se pierda el contacto durante años. Al primer día del reencuentro puede darse el mismo grado de empatía que si no se hubiera dado ese lapso de tiempo.
Estoy retomando ahora el contacto con las viejas amistades. De uno en uno, con tranquilidad, aceptando que son los mismos, aunque con veinte, treinta años más de experiencias y desengaños. Antesdeayer visité a uno de ellos y nos pusimos al día en poco rato. Me sorprendió, bueno no, el grado de confianza y entendimiento que mantuvimos. Estaban intactos, quizás porque ambos nos retrotraimos al espíritu de nuestra adolescencia, última referencia mutua. Fue muy gratificante, me proporcionó mucha fuerza y me descubrió que el secreto está a veces en redescubrir a las personas ya conocidas más que en conocer a otras nuevas, que también es bueno.
Otro grupo, que resulta problemático, son lo amigos comunes de la pareja, que se suele materializar en actividades de ocio. Primero porque la relación no es con solo con uno, sino con los dos, y está sometida a las tensiones de ellos y a las de nosotros. Segundo porque una vez rota una pareja, como es mi caso, la situación es delicada, porque no encaja ya uno de los separados con las otras parejas. De hecho, la relación cambia radicalmente, cuando no se pierde por completo. Lo estoy aprendiendo por propia –y amarga- experiencia. Así pues, dentro del bagaje social que cada uno debe ir una buena provisión de amigos al margen de los compartidos con tu, no se sabe por cuanto tiempo, media naranja, o medio limón, según el grado de accidez del/a conyuge.

Sin avisar, llega el tren de los recuerdos, fiero como un toro, cobarde como la hiena, dañino como el escorpìón, cruel como una piraña. Cuanto más lejano, más intenso, cuanto más etéreo, más profundo, cuanto más dulce, más amargo. Viene pintado con todos los colores del arcoiris, pero por dentro es negro violáceo igual que la vieja dama. El tren de los recuerdos pasa despacio, recreándose, y se va, dejando atrás un rebufo de tristeza. A lo lejos desaparece y vuelve a reaparecer entre las lomas de la noche y el día. Al tren de los recuerdos lo impulsan las imágenes ideales y las falsas esperanzas. Hoy tal vez no vuelva, nunca se sabe: es caprichoso e impredecible. Puede que espere hasta mañana, pero nunca falla.

jueves, 10 de mayo de 2007

El gimnasio


Dentro del mundo en el que me adentro está el gimnasio, un complejo de gentes y actividades de las que solo conozco aun una pequeña parte. Antes era reacio a estos lugares porque me parecían propios de personas superficiales dedicadas al culto del cuerpo y de la imagen. Pero en esto, y en muchas otras cosas, los acontecimientos me han hecho cambiar.

Allí acuden tipos muy distintos de usuarios, cada uno con su situación, sus motivaciones y sus objetivos. Los hay que van por conservar su salud de sedentario, por rellenar su ocio de prejubilados, por recuperar su autoestima de cuarentón, por ligar, o como sustento para salvar las ciénagas de la melancolía y de la amargura. A poco que te fijes, vas intuyendo esa diferencia: el señor casi mayor, que lucha por mantener la espalda recta, el adulto maduro que recorre los aparatos con la rutina de una jornada laboral, la señora, señora, que machaca las cartucheras sin descuidar su maquillaje, el joven que se recrea en sus bíceps y el gimnasta convulso que salta de un ejercicio a otro sin darse tiempo ni a pensar ni a descansar.

Durante el ejercicio la actividad mental se atenúa porque los músculos requieren toda la atención, y por tanto el mayor aporte sanguíneo. Se produce una sedación natural que alivia la opresión del pecho y la agonía de la garganta, como si a través del sudor se evacuaran todas las bilis del cuerpo y del alma. Además, que es de lo que se trata en este diario –aunque a veces rezuma el trasfondo- el cuerpo va adoptando la silueta de los anuncios de ropa interior, cada uno a su ritmo, que lo del vientre plano para mí que tiene truco. No obstante hay dos cosas que no cuadran. La primera es la cantidad de energía que se desaprovecha, de trabajo inútil. Ya he propuesto la idea de que se conecte un generador eléctrico a cada aparato que lo permita, para recuperar parte de esos azúcares y colesteroles que también costaron lo suyo producir. Se imaginan cada gimnasio como una central eléctrica, donde los ciudadanos, sujetos a los aparatos como si fuera a una galera turquesa –o argelina, era solo por la poesía- produciendo cientos de vatios mientras musculan los biceps, cuadriceps y abdominales: los pectorales para los frigoríficos, los dorsales para las lavadoras, los gluteos para los termos, por aquello de lo calentito. ¡Si es que no pensamos, es que nos perdemos la mejores, señores! Además, no solo tendrías un cuerpo de gladiador sino que encima ganarías una perrillas, que algo habría de pagar Endesa, digo yo.

La segunda es que casi nadie habla con nadie a pesar de coincidir una pléyade de solitarios que automutilan su vida social privándose del descubrimiento mutuo por medio de la plática. Puede que si instalaran unos ordenadores interconectados en el vestíbulo, podrían, a través de ellos, quedar citados unos minutos después en la cafetería, pues ahora lo que funciona es la amistad mediante el chat.

Los vestuarios constituyen un submundo que recuerda en algo al infierno bíblico: está en el sótano y pululan los cuerpos desnudos camino de las duchas de agua abrasadora. La gente se cambia, se asea y se afeita, por lo que me pregunto si muchos de ellos también estará separados y encuentran en este lugar un resquicio de hogar comunitario. Cada uno termina mirando de reojo, imperceptiblemente, solo el instante preciso, la “cilindrada” del vecino, solo por comparar, que las comparaciones son tan odiosas como inevitables. Pero en esto, el reparto de la naturaleza da conformidad, porque hay mucho de todo y todos con dignidad. Los habrá que lo hagan con lascivia, pero en eso no entro. Las señoras en su cubículo, seguro que se miran, con la misma discreción, otras partes, que también miramos los hombres desde fuera del envoltorio. Comento todo esto a título de curiosidad y por darle algo de morbillo al relato, ya que en estos días ando con los ánimos, los de arriba y los de abajo, un poco caídos y en los envoltorios no veo más allá del tergal.

Creo que el gimnasio da para una tesis antropológica, pero espero que una vez que pase esta fase, cultive mi musculatura mientras hago lo propio con un buen huerto de tomates, pimientos y lechugas en la casilla del cerro. Quizás entonces, en la hora de la siestecita, levante mis “ánimos” con la adecuada compañía femenina, que los retozos a primera hora de la tarde, bajo el zumbido de los abejorros, son harto placenteros y reconfortantes.

martes, 8 de mayo de 2007

Segunda oportunidad


Ni la he deseado ni la he buscado, pero, a decir de todos los que me quieren bien, que son bastantes, la vida me ha dado una segunda oportunidad. Ahora he de desarrollar la inteligencia para aprovecharla. Tengo casi cuarenta y nueve años, de salud bien, de imagen estoy mejorando mucho con la perdida de la barriga cervecera, y la economía, a no ser que se estropee con los "acuerdos posmatrimoniales", suficiente para alguien poco consumista. Un buen batallón de amigos espera que les llame para iniciar la andadura. La clave está en el equilibrio entre la atención a los hijos, a los que he de compensar por el poco tiempo que les dedicaba cuando vivía en la “etapa oscura”, las relaciones humanas, las obligaciones laborales, los proyectos personales y el ocio, estos tres últimos muy relacionados.
El abanico de opciones apetecibles es extenso, el problema es que me atraen muchas cosas. Pero a estas alturas hay que seleccionar, si no te pierdes entre tanto plato. Uno de los problemas de mi vida es que me han interesado más cosas de las que podía abarcar y mi currículun está lleno de proyectos inacabados. De hecho, una de las tareas que pienso llevar a cabo es retomar algunas viejas ideas ya iniciadas y sacarlas adelante.
Un truco muy bueno es divertirse con lo que se tenga que hacer obligatoriamente. Es de Perogrullo, pero hay que ponerlo en práctica. Se trata de ser creativo también en el quehacer diario. Aunque se esté hastiado, tenemos que encontrar ese puntito, este toque imaginativo y humano que le de chispa al trabajo, ya sea en la labor misma o en la relación con los compañeros. Siempre hay algo que pueda distinguir, en el sentido noble, un acto de otro, un día del anterior: un cambio en el mobiliario, un poster en la pared, un nuevo cactus encima de la mesa. ¿Proponga comprar un canario con su jaula y todo para la oficina? ¿Instale una barra para fortalecer los brazos en el quicio de la puerta? ¿Organice una carrera de sillas giratorias?
Son inagotables las posibilidades, lástima que los segundos sean tan escasos. Otra buena manera de aprovechar el tiempo es quedarse un rato sin hacer nada y notar que la vida existe, porque con tanta acción, el tiempo pasa volando... y se nos escapa. Todo esto tengo yo que aprender a hacer en mi segunda oportunidad.

Quién pudiera

He intentado muchas veces hacer dieta para controlar el peso y la hipercolesterolemia, pero casi siempre, como le pasa a la mayoría de la gente, he terminando recuperando lo perdido y algunos kilos más. En eso esta vez parece que lo estoy consiguiendo. Ahora tengo un trabajo parecido en el sentido de las posibilidades de fracasar: he de desenamorarme de la mujer con la que he estado casado veinticinco años, de la que he sido, soy, emocionalmente muy dependiente, y que ya no me quiere.
Y este es el primer intento serio de iniciar el proceso. Se que es largo y que puedo recaer muchas veces, pero vamos allá.

¡¡Ànimo valiente, que bueno eres hijo, tu puedes con tó. Anda que no tienes suerte tu ni ná, haciendo lo que te salga de los h…., sin nadie que te caliente las orejas. Quién pudiera!!

Que les parece el comienzo: bien, no. Pues acompáñenme, y que la envidia no les corroa.