jueves, 10 de mayo de 2007

El gimnasio


Dentro del mundo en el que me adentro está el gimnasio, un complejo de gentes y actividades de las que solo conozco aun una pequeña parte. Antes era reacio a estos lugares porque me parecían propios de personas superficiales dedicadas al culto del cuerpo y de la imagen. Pero en esto, y en muchas otras cosas, los acontecimientos me han hecho cambiar.

Allí acuden tipos muy distintos de usuarios, cada uno con su situación, sus motivaciones y sus objetivos. Los hay que van por conservar su salud de sedentario, por rellenar su ocio de prejubilados, por recuperar su autoestima de cuarentón, por ligar, o como sustento para salvar las ciénagas de la melancolía y de la amargura. A poco que te fijes, vas intuyendo esa diferencia: el señor casi mayor, que lucha por mantener la espalda recta, el adulto maduro que recorre los aparatos con la rutina de una jornada laboral, la señora, señora, que machaca las cartucheras sin descuidar su maquillaje, el joven que se recrea en sus bíceps y el gimnasta convulso que salta de un ejercicio a otro sin darse tiempo ni a pensar ni a descansar.

Durante el ejercicio la actividad mental se atenúa porque los músculos requieren toda la atención, y por tanto el mayor aporte sanguíneo. Se produce una sedación natural que alivia la opresión del pecho y la agonía de la garganta, como si a través del sudor se evacuaran todas las bilis del cuerpo y del alma. Además, que es de lo que se trata en este diario –aunque a veces rezuma el trasfondo- el cuerpo va adoptando la silueta de los anuncios de ropa interior, cada uno a su ritmo, que lo del vientre plano para mí que tiene truco. No obstante hay dos cosas que no cuadran. La primera es la cantidad de energía que se desaprovecha, de trabajo inútil. Ya he propuesto la idea de que se conecte un generador eléctrico a cada aparato que lo permita, para recuperar parte de esos azúcares y colesteroles que también costaron lo suyo producir. Se imaginan cada gimnasio como una central eléctrica, donde los ciudadanos, sujetos a los aparatos como si fuera a una galera turquesa –o argelina, era solo por la poesía- produciendo cientos de vatios mientras musculan los biceps, cuadriceps y abdominales: los pectorales para los frigoríficos, los dorsales para las lavadoras, los gluteos para los termos, por aquello de lo calentito. ¡Si es que no pensamos, es que nos perdemos la mejores, señores! Además, no solo tendrías un cuerpo de gladiador sino que encima ganarías una perrillas, que algo habría de pagar Endesa, digo yo.

La segunda es que casi nadie habla con nadie a pesar de coincidir una pléyade de solitarios que automutilan su vida social privándose del descubrimiento mutuo por medio de la plática. Puede que si instalaran unos ordenadores interconectados en el vestíbulo, podrían, a través de ellos, quedar citados unos minutos después en la cafetería, pues ahora lo que funciona es la amistad mediante el chat.

Los vestuarios constituyen un submundo que recuerda en algo al infierno bíblico: está en el sótano y pululan los cuerpos desnudos camino de las duchas de agua abrasadora. La gente se cambia, se asea y se afeita, por lo que me pregunto si muchos de ellos también estará separados y encuentran en este lugar un resquicio de hogar comunitario. Cada uno termina mirando de reojo, imperceptiblemente, solo el instante preciso, la “cilindrada” del vecino, solo por comparar, que las comparaciones son tan odiosas como inevitables. Pero en esto, el reparto de la naturaleza da conformidad, porque hay mucho de todo y todos con dignidad. Los habrá que lo hagan con lascivia, pero en eso no entro. Las señoras en su cubículo, seguro que se miran, con la misma discreción, otras partes, que también miramos los hombres desde fuera del envoltorio. Comento todo esto a título de curiosidad y por darle algo de morbillo al relato, ya que en estos días ando con los ánimos, los de arriba y los de abajo, un poco caídos y en los envoltorios no veo más allá del tergal.

Creo que el gimnasio da para una tesis antropológica, pero espero que una vez que pase esta fase, cultive mi musculatura mientras hago lo propio con un buen huerto de tomates, pimientos y lechugas en la casilla del cerro. Quizás entonces, en la hora de la siestecita, levante mis “ánimos” con la adecuada compañía femenina, que los retozos a primera hora de la tarde, bajo el zumbido de los abejorros, son harto placenteros y reconfortantes.

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