¿Podemos controlar racionalmente nuestros sentimientos? Es un tema recurrente en el que me veo obligado a trabajar porque “puede más un necesitado que un abogado”. Necesito controlar o al menos regular en la medida de los posible lo que siento. Llega a ser un tema prioritario en estos momentos, porque la estabilidad emocional –incluso la mental- va en ello. ¿Estoy pidiendo demasiado?. Si hoy las parturientas exigen la epidural para parir sin sentir los desgarros del alumbramiento -contraviniendo la condena bíblica a Eva, que ya lo podría padecer ella sola que fue la que pecó, y no Pepa, Antonia o Bernarda, que quizás sean unas santas-, porqué los que padecen la agonía del desamor –que se han quedado afectivamente extracolgados, vaya- no pueden disponer de un paliativo. No se si la comparación es buena ya que podríamos identificar epidural en las parturientas con ansiolíticos a mansalva, alcohol, cocaína, etc en los dolientes emocionales. Más bien la solución guarda similitud con la preparación al parto sin dolor, por lo que tiene de autocontrol.
Hay una vía en la que me gusta trabajar y por la que se termina consiguiendo algo. ¡Ojo que no soy masoquista, creo, es decir, que no disfruto precisamente con esto!. Se trata de observar cómo se manifiestan en nuestro organismo los sentimientos. Hoy, ante un encuentro de previsible tensión, relacionado con el tema que me ocupa, me dediqué a notar cómo se me aceleraba el corazón, cómo empezaba a sudar, cómo se me contraía la garganta, cómo me apretaba el pecho… y me decía: ¿podré yo hacer bajar mi ritmo cardiaco, relajar la garganta y aflojar el pecho?. Si lo consigo, ¿estaré logrando dejar de sufrir, o padeciendo menos? Lo logré a medias, creo que desde fuera apenas se notaba, y realmente me sentí mejor. Pienso que hay una estrecha relación entre los sentimientos y sus manifestaciones. No son lo mismo, pero van de la mano, y si regulamos la consecuencia, aunque no siga la lógica científica, puede que terminamos influyendo en la causa.
No obstante, como he comentado varias veces, y en eso coincide todo el mundo, el duelo hay que pasarlo y si no se hace, termina rebrotando de forma extraña, indefinida e imprevisiblemente. No valen las evasiones artificiosas extremas. De vez en cuando, una dosis amarga y tener paciencia, que el tiempo todo lo …
Duele que estas situaciones afecten a terceras personas cercanas. Es inevitable y tampoco se puede poner una burbuja alrededor de cada ser querido para que no se entere. La realidad es la que es y lo que no mata hace más fuerte, pero uno se pregunta si es justo, si se tiene derecho a hacerles pasar por esto. Aunque duela, hay que concluir que, siempre que la afectación no sea irreversible, cada uno ha de vivir su única vida –la reencarnación no está probada-, y si alguien tiene clara la decisión de la ruptura, no ha sido mi caso cuando ha ocurrido, tiene derecho a hacerlo. Pero también tiene el deber de evitar todas las alteraciones posibles a los seres cercanos y estos el derecho de exigírselo. En estos casos hay que sacar toda la cordura, paciencia, templanza, serenidad, generosidad, equidad, visión de conjunto, de futuro e incluso cariño, aunque esté enlodado por despechos y rencores extraños, de que se disponga. Ese cariño fraternal, que muchos exmaridos y exesposas sienten con el tiempo hacia su antiguo compañero/a, ha de aplicarse ahora, por adelantado, sabiendo que existe aunque no se perciba, para que arrime también el hombro en el buen transcurso de este difícil tránsito.
Ahora me voy, encantado, a cumplir una obligación familiar para con alguien muy cercano. Pero salgo antes de tiempo con la idea de refrescarme un poco en la calle, practicando el ameno quehacer de observar lo que pasa alrededor, sin perder la oportunidad que, de manera sana, me brinde el ratito: ver una cara bonita, contemplar un cuerpo –de adulta- armonioso y grácil, alguna conversación fugaz, sentir el aire fresco en la cara y notar, en definitiva, el pulso de lo que nos rodea. Hay sin duda sensaciones más excitantes, pero ya vendrán. Si primero viajas a la Gran China, puede que no te atraigan después los preciosos campos de Soria. Yo voy a empezar por Castilla. Queden ustedes con Dios.
Hay una vía en la que me gusta trabajar y por la que se termina consiguiendo algo. ¡Ojo que no soy masoquista, creo, es decir, que no disfruto precisamente con esto!. Se trata de observar cómo se manifiestan en nuestro organismo los sentimientos. Hoy, ante un encuentro de previsible tensión, relacionado con el tema que me ocupa, me dediqué a notar cómo se me aceleraba el corazón, cómo empezaba a sudar, cómo se me contraía la garganta, cómo me apretaba el pecho… y me decía: ¿podré yo hacer bajar mi ritmo cardiaco, relajar la garganta y aflojar el pecho?. Si lo consigo, ¿estaré logrando dejar de sufrir, o padeciendo menos? Lo logré a medias, creo que desde fuera apenas se notaba, y realmente me sentí mejor. Pienso que hay una estrecha relación entre los sentimientos y sus manifestaciones. No son lo mismo, pero van de la mano, y si regulamos la consecuencia, aunque no siga la lógica científica, puede que terminamos influyendo en la causa.
No obstante, como he comentado varias veces, y en eso coincide todo el mundo, el duelo hay que pasarlo y si no se hace, termina rebrotando de forma extraña, indefinida e imprevisiblemente. No valen las evasiones artificiosas extremas. De vez en cuando, una dosis amarga y tener paciencia, que el tiempo todo lo …
Duele que estas situaciones afecten a terceras personas cercanas. Es inevitable y tampoco se puede poner una burbuja alrededor de cada ser querido para que no se entere. La realidad es la que es y lo que no mata hace más fuerte, pero uno se pregunta si es justo, si se tiene derecho a hacerles pasar por esto. Aunque duela, hay que concluir que, siempre que la afectación no sea irreversible, cada uno ha de vivir su única vida –la reencarnación no está probada-, y si alguien tiene clara la decisión de la ruptura, no ha sido mi caso cuando ha ocurrido, tiene derecho a hacerlo. Pero también tiene el deber de evitar todas las alteraciones posibles a los seres cercanos y estos el derecho de exigírselo. En estos casos hay que sacar toda la cordura, paciencia, templanza, serenidad, generosidad, equidad, visión de conjunto, de futuro e incluso cariño, aunque esté enlodado por despechos y rencores extraños, de que se disponga. Ese cariño fraternal, que muchos exmaridos y exesposas sienten con el tiempo hacia su antiguo compañero/a, ha de aplicarse ahora, por adelantado, sabiendo que existe aunque no se perciba, para que arrime también el hombro en el buen transcurso de este difícil tránsito.
Ahora me voy, encantado, a cumplir una obligación familiar para con alguien muy cercano. Pero salgo antes de tiempo con la idea de refrescarme un poco en la calle, practicando el ameno quehacer de observar lo que pasa alrededor, sin perder la oportunidad que, de manera sana, me brinde el ratito: ver una cara bonita, contemplar un cuerpo –de adulta- armonioso y grácil, alguna conversación fugaz, sentir el aire fresco en la cara y notar, en definitiva, el pulso de lo que nos rodea. Hay sin duda sensaciones más excitantes, pero ya vendrán. Si primero viajas a la Gran China, puede que no te atraigan después los preciosos campos de Soria. Yo voy a empezar por Castilla. Queden ustedes con Dios.
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