Lo más importante, después de respirar y comer, son las relaciones humanas. ¿Recuerdan aquello de “el humano es un ser social por naturaleza”?. Pues es verdad. Aquí también podemos establecer categorías –hábito intelectual que tiende a clasificarlo todo, olvidando que hay cosas que no caben en ningún estante- y pueden ser las que siguen. Seres más inmediatos, como la familia directa, si es apegada, y las personas muy allegadas, después los amigos y compañeros de trabajo cercanos –que puedes ser amigos o enemigos-, a continuación los amiguetes y conocidos y finalmente los conocidos lejanos, esos que ni fu ni fa. Por supuesto, los individuos pueden pasar de una escalafón a otro, dependiendo de cómo evoluciones la relación, siempre cambiante, ¡que me lo digan a mí!. Hay un tipo de relación que es especialmente valiosa: el de los viejos amigos. Aquellos que se cimentaron en épocas lejanas y que perduran para siempre, aunque se pierda el contacto durante años. Al primer día del reencuentro puede darse el mismo grado de empatía que si no se hubiera dado ese lapso de tiempo.
Estoy retomando ahora el contacto con las viejas amistades. De uno en uno, con tranquilidad, aceptando que son los mismos, aunque con veinte, treinta años más de experiencias y desengaños. Antesdeayer visité a uno de ellos y nos pusimos al día en poco rato. Me sorprendió, bueno no, el grado de confianza y entendimiento que mantuvimos. Estaban intactos, quizás porque ambos nos retrotraimos al espíritu de nuestra adolescencia, última referencia mutua. Fue muy gratificante, me proporcionó mucha fuerza y me descubrió que el secreto está a veces en redescubrir a las personas ya conocidas más que en conocer a otras nuevas, que también es bueno.
Otro grupo, que resulta problemático, son lo amigos comunes de la pareja, que se suele materializar en actividades de ocio. Primero porque la relación no es con solo con uno, sino con los dos, y está sometida a las tensiones de ellos y a las de nosotros. Segundo porque una vez rota una pareja, como es mi caso, la situación es delicada, porque no encaja ya uno de los separados con las otras parejas. De hecho, la relación cambia radicalmente, cuando no se pierde por completo. Lo estoy aprendiendo por propia –y amarga- experiencia. Así pues, dentro del bagaje social que cada uno debe ir una buena provisión de amigos al margen de los compartidos con tu, no se sabe por cuanto tiempo, media naranja, o medio limón, según el grado de accidez del/a conyuge.
Sin avisar, llega el tren de los recuerdos, fiero como un toro, cobarde como la hiena, dañino como el escorpìón, cruel como una piraña. Cuanto más lejano, más intenso, cuanto más etéreo, más profundo, cuanto más dulce, más amargo. Viene pintado con todos los colores del arcoiris, pero por dentro es negro violáceo igual que la vieja dama. El tren de los recuerdos pasa despacio, recreándose, y se va, dejando atrás un rebufo de tristeza. A lo lejos desaparece y vuelve a reaparecer entre las lomas de la noche y el día. Al tren de los recuerdos lo impulsan las imágenes ideales y las falsas esperanzas. Hoy tal vez no vuelva, nunca se sabe: es caprichoso e impredecible. Puede que espere hasta mañana, pero nunca falla.
Estoy retomando ahora el contacto con las viejas amistades. De uno en uno, con tranquilidad, aceptando que son los mismos, aunque con veinte, treinta años más de experiencias y desengaños. Antesdeayer visité a uno de ellos y nos pusimos al día en poco rato. Me sorprendió, bueno no, el grado de confianza y entendimiento que mantuvimos. Estaban intactos, quizás porque ambos nos retrotraimos al espíritu de nuestra adolescencia, última referencia mutua. Fue muy gratificante, me proporcionó mucha fuerza y me descubrió que el secreto está a veces en redescubrir a las personas ya conocidas más que en conocer a otras nuevas, que también es bueno.
Otro grupo, que resulta problemático, son lo amigos comunes de la pareja, que se suele materializar en actividades de ocio. Primero porque la relación no es con solo con uno, sino con los dos, y está sometida a las tensiones de ellos y a las de nosotros. Segundo porque una vez rota una pareja, como es mi caso, la situación es delicada, porque no encaja ya uno de los separados con las otras parejas. De hecho, la relación cambia radicalmente, cuando no se pierde por completo. Lo estoy aprendiendo por propia –y amarga- experiencia. Así pues, dentro del bagaje social que cada uno debe ir una buena provisión de amigos al margen de los compartidos con tu, no se sabe por cuanto tiempo, media naranja, o medio limón, según el grado de accidez del/a conyuge.
Sin avisar, llega el tren de los recuerdos, fiero como un toro, cobarde como la hiena, dañino como el escorpìón, cruel como una piraña. Cuanto más lejano, más intenso, cuanto más etéreo, más profundo, cuanto más dulce, más amargo. Viene pintado con todos los colores del arcoiris, pero por dentro es negro violáceo igual que la vieja dama. El tren de los recuerdos pasa despacio, recreándose, y se va, dejando atrás un rebufo de tristeza. A lo lejos desaparece y vuelve a reaparecer entre las lomas de la noche y el día. Al tren de los recuerdos lo impulsan las imágenes ideales y las falsas esperanzas. Hoy tal vez no vuelva, nunca se sabe: es caprichoso e impredecible. Puede que espere hasta mañana, pero nunca falla.
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