miércoles, 16 de mayo de 2007

Nadar y no hundirse.


Yo, señores, soy de secano. En mi entorno rural infantil no había ni una alberca ni una charca ni mucho menos una piscina o playa. Y si había algo cercano geográficamente, no lo estaba de nuestras costumbres, pues las únicas aguas que veíamos era la del pozo, la de la acequia de riego y la del baño semanal, que lo de ducha diaria es moderno. He sido, pues, un pésimo nadador. Hice un cursillo en mi juventud y llegue a cruzar la piscina in extremis, pero no he vuelto a dar más de tres brazadas seguidas. Y como estamos en periodo de superaciones y esta espinita la tenía clavada, me dije: ¡Cándido, este es el momento!. Y me apunté al cursillo en el gimnasio.
Desde el primer día vi que no era coser y cantar. Lo más difícil, sincronizar la respiración cuando se nada con la cabeza bajo el agua. Si te equivocas, buche de cloro diluido. A los de secano nos produce ansiedad tener la cabeza sumergida y no hemos soltado aún todo el aire cuando ya la estamos subiendo para inspirar, lo que genera mucha tensión: el corazón se pone a tope, te angustias y te paras en medio de la calle para respirar a gusto.
Cómo un flash, he visto el paralelismo entre el aprender a nadar y el vivir la entrada en la nueva vida de resoltero. En ambos casos apareces torpe ante los expertos, que te miran con condescendencia, recordando que ellos pasaron por lo mismo. Te sientes observado y perdonado a la vez.
Los dos aprendizajes son duros, sin nada de automatismo, y hay que “currárselo” día a día. En algún momento te angustias bajo el agua o te deprimes en la soledad, y tratas de dejar que pase y de siguir de nuevo. Ves que no avanzas en la distancia recorrida, notas que el día de hoy fue casi tan triste como el de ayer, pero lo analizas con detalle y observas que algo has progresado y que algún aliciente nuevo has obtenido. El que sabe te dice cual es la técnica de braceo o donde están las claves para asumir la realidad, mas no sigues con eficacia sus indicaciones, aunque te lo propogas. Estás con el agua al cuello pero te queda el margen justo para respirar. Cuando, cansado y con el corazón palpitante, te encuentras detenido en medio de la calle, o varado en mitad de la tarde, ves el final lejano y difícil de alcanzar. Entonces recuperas fuerzas con calma y te concentras en la forma de seguir, vuelves a la carga y terminas llegando al borde de la piscina o a la pequeña meta de cada día. Repentinamente, te paraliza una contractura de los gemelos o un latigazo de melancolía, y si no das pie o tu fondo moral es endeble, puedes hundirte para siempre. Por fortuna nadas en aguas amigas y encuentras un apoyo donde estirar el músculo o un hombro donde consolarte. Sabes que si sigues así, terminaras sabiendo nadar decentemente y obteniendo una autonomía personal sin hipotecas emotivas. Pero también eres consciente de que nunca terminarás de aprender todos los estilos ni te liberaras completamente de tus vivencias ni de tus anclajes.
Hay un punto, una puerta, donde la metáfora se concecta lo representado. En el mismo sítio, cerca del final de la calle de los nadadores lentos en la que yo practico, donde el agua todavía cubre por los hombros, me han asaltado de golpe todas las realidades descarnadas de las últimas semanas y me he sentido profundamente olvidado en medio de ese pequeño océano. Es un abandono ancestral, casi ignoto, que parece enlazar con el desprecio reciente. Mi amigo psicoanalista probablemente diría que hay una hilazón entre el agua como útero –rememoración materna-, la muerte prematura de mi madre y la muerte afectiva de mi mujer, en su papel de segunda madre: según eso he sido huérfano dos veces. Puede ser, pues todo lo freudiano es muy complicado. Por suerte, tras descansar unos instantes y respirar tres veces profundamente, sigo adelante, aunque algo descentrado y con el corazón como encogido. Luego se va pasando.
Poquito a poco, estoy sustituyendo grasa por músculo y barriga por hombros. Ya no soy gordo. El otro día una señora relativamente joven se puso a ligotear conmigo, con todo descaro, en la consulta del dentista. Antes, ni de coña. ¡Dios como está el patio!. Ya no se respeta ni el recogimiento de los que solo queremos tranquilidad… de momento.

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