jueves, 7 de junio de 2007

Fin de etapa

Me voy a permitir pecar de optimista, ya que de otra cosa no, pues con la vida que llevo tengo ya comprados más de tres mil metros cuadrados en el cielo, y cerca de las colinas de Sanpedro, desde las cuales casi se ve al Altísimo. Los especuladores todavía no lo han descubierto, pero en cuanto lo hagan, las parcelas en la gloria van a ponerse por las nubes –ya lo están en sentido geográfico-metafórico-, que por eso estoy yo invirtiendo ahora. Acuérdense ustedes de cuando las bulas.
Quería decir que estaba pensando cerrar una etapa, como siempre de manera simbólica, porque en estos caminares no hay metas del día, ni de la semana ni del mes, que no estamos en una vuelta ciclista, sino un tirar para adelante, si parar, que de vez en cuando, a veces a menudo, vendrá un recule sin que sepamos evitarlo.
Y este fin de etapa inventado no es ni más ni menos que dejar el sitio donde me lamento más que reflexiono sobre los avatares del reestreno de soltería. Es por eso, porque tiene más de lloriqueos propios que de conclusiones útiles para los demás. No me voy a permitir dejar de escribir, que es un recurso que se me ha vuelto imprescindible para mi subsistencia emocional, más voy a cambiar de espacio con la idea de ir dejando de lado lo extraordinario de mi situación actual –con respecto a la época anterior de mi vida- y entrar más en lo cotidiano, lo mínimo, lo anecdótico. De contenidos “trascendentes” ya estamos bien servidos.
Lo hago por varias razones. La primera es que creo no estar con el mismo ánimo ahora que hace un tiempo, por más que sepa que la memoria y los sentimientos son traicioneros en extremo y han transcurrido escasas fechas desde el desenlace (en el sentido de acontecimiento y de desunión). La segunda es que se dan situaciones muy cercanas mucho más serias que la mía, lo que me hace relativizarla. Lo tercero es que si quiero avanzar, bueno será decirme que estoy avanzando, lo cual es verdad.
Por lo tanto dejaré de escribir, de momento, en esta página y empezaré otra que he titulado simplemente Diario de Cándido. Su dirección es

http://diariodecandido/blogspot.com

Estaré encantado de compartir ese lugar con mis amigos. Muchas gracias.
¡OJO, SI HAN ENTRADO POR GOOGLE, PUEDE QUE ESTE ENLACE NO FUNCIONE! Cópienlo, pégenlo directamente en la ventada de dirección, arriba del todo, y oblígenle a entrar. La página está creada.

martes, 5 de junio de 2007

Los ritmos

El ritmo con el que transcurre nuestra vida diaria marca en gran parte su calidad. Cuando se ha recibido un impacto emocional se puede reaccionar ralentizándo ese ritmo –deprimiéndose- o activándolo –excitándose-. Yo soy mucho más dado a la segunda respuesta. Si el impacto emocional es brutal, como ha sido el caso, la hiperactividad va acorde con esa intensidad. He pasado semanas de no parar, en lo que fuera, desde hacer tareas del hogar, cuando he estado en mi, todaqvía, casa, hasta machacarme en el gimnasio: he perdido catorce quilos en menos de tres meses. Terminas encontrándote muy cansado -derrotado- y te planteas que ya es tiempo de parar un poco. Quizás eso sea señal de cierta normalidad, o por lo menos de ir dejando la anormalidad impuesta por las circunstancias. Ahora siento la necesidad de ir enlenteciendo el ritmo.
El problema es que una vez que adquieres determinados hábitos, no es fácil evitarlos, y esos tic terminam reforzando la propia actitud. Uno de los más inconscientes e influyentes es el beber y comer deprisa, lo que además dificulta una alimentación sana. Una persona cercana me ha aconsejado que mastique veinte veces cada bocado de comida antes de su deglución. Funciona porque al final te satisface más y necesitas menos cantidad para aplacar la sensación de hambre. No hay que olvidar que el efecto ansiolítico de la comida es una de las causas más frecuenes de la aobesidad.
Otro momento donde el ritmo se nota con más descaro es en la piscina. Me he dado cuenta de que cuando estoy más nervioso, me canso antes y me cuesta más hacer el largo, o ni siquiera llego (estoy en la fase de completar los largos de la piscina, aunque he de reposar cada vez que llego a una punta de la calle) y cuando he conseguido ir más relajado, nado con más tranquilidad, sin tanta tensión y me canso menos, por lo que llego mejor. También influye la falta de sueño. Ya hace tiempo que dejé de dormir la siete horitas mínimas recomendables. Si duermo cinco me doy por contento, pero estoy seguro de que eso cambiará.
El ritmo no puede ser siempre parsimonioso, pero tampoco sincopado. Cuando toca correr, a ello, cuando estés más inquieto, a serenarse. ¡Que fácil, verdad! Pues es así. Habrá que tirar de la reflexión de urgencia y de la relajación improvisada. A fin de cuentas, cuando la situación nos obligue a espabilarnos, ya lo haremos sin dudar.
Otro ritmo, no en términos del día a día si no en el de la modificación profunda y paulatina de la conciencia, también tiene altibajos. Sigo en mi lucha para salir de la órbita de la otra persona y emprender un camino propio. No lo he conseguido aún, aunque he hecho avances importantes. En teoría nos lo pintamos fácil, más luego hay días que parecen pasos atrás. Empiezo a no preocuparme por eso, tiene que ser así, porque unas fijaciones mentales basadas en décadas de convivencia no se cambian en varias semanas de separación. Un falso recurso es iniciar inmediatamente otra relación excitante para tapar ese hueco. Sin embargo, todos los expertos y personas experimentadas me dicen que es peor el remedio que la enfermedad porque al final esa sensación de euforia se convierte en un espejismo, y no estoy en condiciones de empeorar mi situación. Trato, eso sí, de relacionarme con gente de mi mismo perfil y en parecidas condiciones para construir un circulo de amistades que llene el vacío dejado, pero lo hago sin demasiada angustia, aunque las tardes-noches sin compañia son a veces algo tristes. He intensificado los lazos con mis hijos, y lo hago también con un sentido de protección ante una situación difícil. Esta acción es la que más satisfacción me proporciona, y a ellos creo que también.
La respiración profunda y pausada sigue siendo un pequeño pero utilísimo gesto para acoplar nuestro ritmo al de la naturaleza. A fin de cuentas somos unos animales más dentro de tantos, aunque lo hayamos invadido y depredado todo, en competencia con las cucarachas, que quizás tengan una vida más simple y a la vez más inteligente. ¿Alguien ha visto alguna vez a una cucaracha sufrir o morir por amor?

sábado, 2 de junio de 2007

De culpas y rencores


Son quizás las cuestiones más delicadas en la ruptura de una pareja, salvando la estabilidad de los hijos, que es absolutamente prioritaria.
Hay casos donde la relación se va distanciando sin reproches, de manera anodina, como el anciano que agoniza sin que ni él ni los suyos se den cuenta. Un día, solo hay que certificar el hecho como algo natural, esperado y apenas doloroso. Eso no es lo habitual, lo normal es que cuando hay dificultades, los conyugues tengan distinto interés en el mantenimiento de la relación, y diferentes percepciones de la manera de conseguirlo: uno quiere seguir, y hacerlo con un tipo de vínculo, al otro le interesa menos y de otra forma. Si la cosa no va como se pretende, se genera miedo y frustración, lo que puede conllevar la culpabilización mutua y la aparición del rencor más o menos recíproco. Son dos sentimientos potentes y sobre todo muy corrosivos.

Tanto la culpa como el rencor son trajes que se cortan a medida y no han de coincidir necesariamente con la observación objetiva de los hechos. Lo primero que se tiende a hacer es descargar sobre el otro la culpa del fracaso y despojarse de la responsabilidad propia. El rencor es, consciente o inconscientemente, fabricado ex profeso para apoyar la argumentación, incluso para darse fuerzas. Si no estuviera totalmente seguro de mi decisión, podría demonizar a la otra parte para justificar los pasos que esté dando. Viene a ser como dotar a nuestra versión de una carga emocional negativa que nos la haga creíble a nosotros mismos y a los demás. Si decidimos que el otro tiene la culpa, hemos de estar muy dolidos contra él, por lo tanto hemos de guardarle rencor, luego ¡sintámoslo y demostrémoslo!. El mecanismo mental es simple: de todas las interpretaciones posibles de un hecho, se escoge la más lesiva hacia nuestros intereses y se asume como agravio. En vez de dejarlo pasar, se cultiva intensamente y a poco florece de manera frondosa el odio.

En principio, el rencor funciona de manera muy eficaz, pero a la larga pierde fuerza porque el argumento es tan artificial que no se sostiene. Mientras tanto nos ha impedido actuar con la mente despejada. El rencor es un potente y perturbador narcótico que nos enardece contra la persona hacia el que se proyecta, y las decisiones que se tomen estarán totalmente condicionadas por ese sentimiento. Es muy probable que sean desacertadas.
Otro efecto secundario tan pernicioso como el anterior es la capacidad autodestructiva y corrosiva de nuestros propios valores y de nuestro equilibrio emocional. La persona que odia pierde el sentido de la equidad, de la mesura, de la proporcionalidad de las medidas a tomar respecto a los hechos y sobre todo, sufre y hace sufrir a los que la rodean.

Yo confieso que he sentido, en dosis moderadas en general, intensas en algún momento puntual, ese rencor en los últimos tiempos, pero afortunadamente han sido episodios pasajeros. Más frecuente es la sensación de decepción y de tristeza por haberme equivocado tanto, aunque eso también irá nivelándose a su justo término. Me anima la certeza de que nuestros hijos responden a otros principios. Eso parece que se está llevando bien.
Espero, deseo con toda mi alma, que este comentario sirva para atenuar el rencor en el probable caso de que exista y no para exacerbarlo. Hay que reflexionar, hay que tener cariño. Hay que achicar las bilis y alimentar las endorfinas. Un abrazo a todos.

viernes, 1 de junio de 2007

De autocontroles y sensateces

¿Podemos controlar racionalmente nuestros sentimientos? Es un tema recurrente en el que me veo obligado a trabajar porque “puede más un necesitado que un abogado”. Necesito controlar o al menos regular en la medida de los posible lo que siento. Llega a ser un tema prioritario en estos momentos, porque la estabilidad emocional –incluso la mental- va en ello. ¿Estoy pidiendo demasiado?. Si hoy las parturientas exigen la epidural para parir sin sentir los desgarros del alumbramiento -contraviniendo la condena bíblica a Eva, que ya lo podría padecer ella sola que fue la que pecó, y no Pepa, Antonia o Bernarda, que quizás sean unas santas-, porqué los que padecen la agonía del desamor –que se han quedado afectivamente extracolgados, vaya- no pueden disponer de un paliativo. No se si la comparación es buena ya que podríamos identificar epidural en las parturientas con ansiolíticos a mansalva, alcohol, cocaína, etc en los dolientes emocionales. Más bien la solución guarda similitud con la preparación al parto sin dolor, por lo que tiene de autocontrol.
Hay una vía en la que me gusta trabajar y por la que se termina consiguiendo algo. ¡Ojo que no soy masoquista, creo, es decir, que no disfruto precisamente con esto!. Se trata de observar cómo se manifiestan en nuestro organismo los sentimientos. Hoy, ante un encuentro de previsible tensión, relacionado con el tema que me ocupa, me dediqué a notar cómo se me aceleraba el corazón, cómo empezaba a sudar, cómo se me contraía la garganta, cómo me apretaba el pecho… y me decía: ¿podré yo hacer bajar mi ritmo cardiaco, relajar la garganta y aflojar el pecho?. Si lo consigo, ¿estaré logrando dejar de sufrir, o padeciendo menos? Lo logré a medias, creo que desde fuera apenas se notaba, y realmente me sentí mejor. Pienso que hay una estrecha relación entre los sentimientos y sus manifestaciones. No son lo mismo, pero van de la mano, y si regulamos la consecuencia, aunque no siga la lógica científica, puede que terminamos influyendo en la causa.
No obstante, como he comentado varias veces, y en eso coincide todo el mundo, el duelo hay que pasarlo y si no se hace, termina rebrotando de forma extraña, indefinida e imprevisiblemente. No valen las evasiones artificiosas extremas. De vez en cuando, una dosis amarga y tener paciencia, que el tiempo todo lo …
Duele que estas situaciones afecten a terceras personas cercanas. Es inevitable y tampoco se puede poner una burbuja alrededor de cada ser querido para que no se entere. La realidad es la que es y lo que no mata hace más fuerte, pero uno se pregunta si es justo, si se tiene derecho a hacerles pasar por esto. Aunque duela, hay que concluir que, siempre que la afectación no sea irreversible, cada uno ha de vivir su única vida –la reencarnación no está probada-, y si alguien tiene clara la decisión de la ruptura, no ha sido mi caso cuando ha ocurrido, tiene derecho a hacerlo. Pero también tiene el deber de evitar todas las alteraciones posibles a los seres cercanos y estos el derecho de exigírselo. En estos casos hay que sacar toda la cordura, paciencia, templanza, serenidad, generosidad, equidad, visión de conjunto, de futuro e incluso cariño, aunque esté enlodado por despechos y rencores extraños, de que se disponga. Ese cariño fraternal, que muchos exmaridos y exesposas sienten con el tiempo hacia su antiguo compañero/a, ha de aplicarse ahora, por adelantado, sabiendo que existe aunque no se perciba, para que arrime también el hombro en el buen transcurso de este difícil tránsito.
Ahora me voy, encantado, a cumplir una obligación familiar para con alguien muy cercano. Pero salgo antes de tiempo con la idea de refrescarme un poco en la calle, practicando el ameno quehacer de observar lo que pasa alrededor, sin perder la oportunidad que, de manera sana, me brinde el ratito: ver una cara bonita, contemplar un cuerpo –de adulta- armonioso y grácil, alguna conversación fugaz, sentir el aire fresco en la cara y notar, en definitiva, el pulso de lo que nos rodea. Hay sin duda sensaciones más excitantes, pero ya vendrán. Si primero viajas a la Gran China, puede que no te atraigan después los preciosos campos de Soria. Yo voy a empezar por Castilla. Queden ustedes con Dios.