El día a día de los primeros tiempos de un nuevo proyecto de vida improvisado tiene su grado de incertidumbre. La mañana se tiene más o menos prevista, pero ya a la hora del medio día hay que inventarse el almuerzo, la siesta, muchas veces la tarde y sobre todo el ratito de esparcimiento de la noche. ¡Bendita rutina! Este penúltimo acto, el último es el de dormir propiamente, que también el sitio es opcional, es importante porque supone una especie de resumen del día. Si está bien, el día ha estado bien. No hay que salir necesariamente, alguna vez apetece quedarse leyendo o contestando correos, pero en la mayoría de los casos se necesita airearse un poco, ver gente que se divierte, charlar con amigos. Encontrar ese ambiente no es tan fácil, al menos para los que no hemos sido muy faranduleros, sino todo lo contrario, más bien familiares y recogidos a esas horas.
Sin embargo, sí hay personas en situación similar, no muy dadas al ocio cubatero, que no por ello son aburridas, sino sanas e inteligentes y que forman grupos con diversos fines, fundamentalmente la compañía, la comunicación, el esparcimiento, viajes, visitas culturales, senderismo, tapeos, cenas, etc. No son muchos, pero los hay. Me ha dejado su teléfono alguien integrado en estos círculos que ha quedado en ponerme en contacto con ellos. Estoy ilusionado, la verdad, porque muchas de las cosas que estoy viviendo lo han vivido ellos/as antes. Te pueden hacer una descripción pormenorizada de lo que te ocurre y de cómo te sientes.
La red también es una vía de comunicación. De momento me resisto a entrar en los chat al uso, cosa que es muy común, pero tampoco lo descarto más adelante. He preferido contestar a un anuncio ofreciendo contactar, para posteriormente formar grupos y conocerse. He tenido respuesta y ya veremos lo que da de sí, pero pinta bien.
La comunicación es de lo que más se extraña cuando se pierde. Ese rato al final de la jornada donde, si el ambiente es bueno, se comentan incidencias, estados de ánimo, se cambian impresiones, se llegan a acuerdos, se hacen planes, y si el ambiente es regular para mal, se discute, que a ciertas dosis también es sano. Luego están las “otras comunicaciones” pero esas prefiero no rememorarlas ahora, porque puede resultarme muy desestabilizador.
Ocurre que, viviendo en la sociedad de la comunicación a través de los medios, estamos sin embargo en la incomunicación personal, directa, cara a cara. Es la imagen tópica de una muchedumbre compuesta por solitarios que se tropiezan al cruzarse. Incluso está mal visto, se ve un poco raro, el que hables directamente a un desconocido. Los habitantes de los pueblos no tienen ese problema. Si alguien está cerca, eso basta para poder dirigirle la palabra con toda tranquilidad. En la ciudad es distinto. Hay recelo ante los que se acercan comentando algo, parece como si escondieran alguna intención malévola. El gimnasio es un sitio así, cada uno va a lo suyo.
Creo que hay que perder el miedo a hablar con las personas, aunque no se las conozca de antemano. Puede que , superada la reticencia inicial, la otra parte se anime y encuentre interesante ese pequeño intercambio de pareceres que puede dar pie a una relación más amistosa o cordial. Un saludo amable, un comentario oportuno e insustancial, pedir disculpas aunque casi no se moleste, una pregunta tonta que de pie a la conversación, puede ser el protocolo para ese breve contacto verbal que inicie una corriente de empatía compartida. Vencer esa natural timidez de las gentes de bien es facil cuando no se va con malas intenciones. Además, los tiempos de hablar solo con personas que te hayan sido presentadas primero ya quedaron atrás, entre otras cosas porque muchas veces no conoces ni a quien te ha de presentar, lo tienes que hacer tu mismo, ¡que mejor embajador!.
Sin embargo, sí hay personas en situación similar, no muy dadas al ocio cubatero, que no por ello son aburridas, sino sanas e inteligentes y que forman grupos con diversos fines, fundamentalmente la compañía, la comunicación, el esparcimiento, viajes, visitas culturales, senderismo, tapeos, cenas, etc. No son muchos, pero los hay. Me ha dejado su teléfono alguien integrado en estos círculos que ha quedado en ponerme en contacto con ellos. Estoy ilusionado, la verdad, porque muchas de las cosas que estoy viviendo lo han vivido ellos/as antes. Te pueden hacer una descripción pormenorizada de lo que te ocurre y de cómo te sientes.
La red también es una vía de comunicación. De momento me resisto a entrar en los chat al uso, cosa que es muy común, pero tampoco lo descarto más adelante. He preferido contestar a un anuncio ofreciendo contactar, para posteriormente formar grupos y conocerse. He tenido respuesta y ya veremos lo que da de sí, pero pinta bien.
La comunicación es de lo que más se extraña cuando se pierde. Ese rato al final de la jornada donde, si el ambiente es bueno, se comentan incidencias, estados de ánimo, se cambian impresiones, se llegan a acuerdos, se hacen planes, y si el ambiente es regular para mal, se discute, que a ciertas dosis también es sano. Luego están las “otras comunicaciones” pero esas prefiero no rememorarlas ahora, porque puede resultarme muy desestabilizador.
Ocurre que, viviendo en la sociedad de la comunicación a través de los medios, estamos sin embargo en la incomunicación personal, directa, cara a cara. Es la imagen tópica de una muchedumbre compuesta por solitarios que se tropiezan al cruzarse. Incluso está mal visto, se ve un poco raro, el que hables directamente a un desconocido. Los habitantes de los pueblos no tienen ese problema. Si alguien está cerca, eso basta para poder dirigirle la palabra con toda tranquilidad. En la ciudad es distinto. Hay recelo ante los que se acercan comentando algo, parece como si escondieran alguna intención malévola. El gimnasio es un sitio así, cada uno va a lo suyo.
Creo que hay que perder el miedo a hablar con las personas, aunque no se las conozca de antemano. Puede que , superada la reticencia inicial, la otra parte se anime y encuentre interesante ese pequeño intercambio de pareceres que puede dar pie a una relación más amistosa o cordial. Un saludo amable, un comentario oportuno e insustancial, pedir disculpas aunque casi no se moleste, una pregunta tonta que de pie a la conversación, puede ser el protocolo para ese breve contacto verbal que inicie una corriente de empatía compartida. Vencer esa natural timidez de las gentes de bien es facil cuando no se va con malas intenciones. Además, los tiempos de hablar solo con personas que te hayan sido presentadas primero ya quedaron atrás, entre otras cosas porque muchas veces no conoces ni a quien te ha de presentar, lo tienes que hacer tu mismo, ¡que mejor embajador!.
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