El ritmo con el que transcurre nuestra vida diaria marca en gran parte su calidad. Cuando se ha recibido un impacto emocional se puede reaccionar ralentizándo ese ritmo –deprimiéndose- o activándolo –excitándose-. Yo soy mucho más dado a la segunda respuesta. Si el impacto emocional es brutal, como ha sido el caso, la hiperactividad va acorde con esa intensidad. He pasado semanas de no parar, en lo que fuera, desde hacer tareas del hogar, cuando he estado en mi, todaqvía, casa, hasta machacarme en el gimnasio: he perdido catorce quilos en menos de tres meses. Terminas encontrándote muy cansado -derrotado- y te planteas que ya es tiempo de parar un poco. Quizás eso sea señal de cierta normalidad, o por lo menos de ir dejando la anormalidad impuesta por las circunstancias. Ahora siento la necesidad de ir enlenteciendo el ritmo.
El problema es que una vez que adquieres determinados hábitos, no es fácil evitarlos, y esos tic terminam reforzando la propia actitud. Uno de los más inconscientes e influyentes es el beber y comer deprisa, lo que además dificulta una alimentación sana. Una persona cercana me ha aconsejado que mastique veinte veces cada bocado de comida antes de su deglución. Funciona porque al final te satisface más y necesitas menos cantidad para aplacar la sensación de hambre. No hay que olvidar que el efecto ansiolítico de la comida es una de las causas más frecuenes de la aobesidad.
Otro momento donde el ritmo se nota con más descaro es en la piscina. Me he dado cuenta de que cuando estoy más nervioso, me canso antes y me cuesta más hacer el largo, o ni siquiera llego (estoy en la fase de completar los largos de la piscina, aunque he de reposar cada vez que llego a una punta de la calle) y cuando he conseguido ir más relajado, nado con más tranquilidad, sin tanta tensión y me canso menos, por lo que llego mejor. También influye la falta de sueño. Ya hace tiempo que dejé de dormir la siete horitas mínimas recomendables. Si duermo cinco me doy por contento, pero estoy seguro de que eso cambiará.
El ritmo no puede ser siempre parsimonioso, pero tampoco sincopado. Cuando toca correr, a ello, cuando estés más inquieto, a serenarse. ¡Que fácil, verdad! Pues es así. Habrá que tirar de la reflexión de urgencia y de la relajación improvisada. A fin de cuentas, cuando la situación nos obligue a espabilarnos, ya lo haremos sin dudar.
Otro ritmo, no en términos del día a día si no en el de la modificación profunda y paulatina de la conciencia, también tiene altibajos. Sigo en mi lucha para salir de la órbita de la otra persona y emprender un camino propio. No lo he conseguido aún, aunque he hecho avances importantes. En teoría nos lo pintamos fácil, más luego hay días que parecen pasos atrás. Empiezo a no preocuparme por eso, tiene que ser así, porque unas fijaciones mentales basadas en décadas de convivencia no se cambian en varias semanas de separación. Un falso recurso es iniciar inmediatamente otra relación excitante para tapar ese hueco. Sin embargo, todos los expertos y personas experimentadas me dicen que es peor el remedio que la enfermedad porque al final esa sensación de euforia se convierte en un espejismo, y no estoy en condiciones de empeorar mi situación. Trato, eso sí, de relacionarme con gente de mi mismo perfil y en parecidas condiciones para construir un circulo de amistades que llene el vacío dejado, pero lo hago sin demasiada angustia, aunque las tardes-noches sin compañia son a veces algo tristes. He intensificado los lazos con mis hijos, y lo hago también con un sentido de protección ante una situación difícil. Esta acción es la que más satisfacción me proporciona, y a ellos creo que también.
La respiración profunda y pausada sigue siendo un pequeño pero utilísimo gesto para acoplar nuestro ritmo al de la naturaleza. A fin de cuentas somos unos animales más dentro de tantos, aunque lo hayamos invadido y depredado todo, en competencia con las cucarachas, que quizás tengan una vida más simple y a la vez más inteligente. ¿Alguien ha visto alguna vez a una cucaracha sufrir o morir por amor?
El problema es que una vez que adquieres determinados hábitos, no es fácil evitarlos, y esos tic terminam reforzando la propia actitud. Uno de los más inconscientes e influyentes es el beber y comer deprisa, lo que además dificulta una alimentación sana. Una persona cercana me ha aconsejado que mastique veinte veces cada bocado de comida antes de su deglución. Funciona porque al final te satisface más y necesitas menos cantidad para aplacar la sensación de hambre. No hay que olvidar que el efecto ansiolítico de la comida es una de las causas más frecuenes de la aobesidad.
Otro momento donde el ritmo se nota con más descaro es en la piscina. Me he dado cuenta de que cuando estoy más nervioso, me canso antes y me cuesta más hacer el largo, o ni siquiera llego (estoy en la fase de completar los largos de la piscina, aunque he de reposar cada vez que llego a una punta de la calle) y cuando he conseguido ir más relajado, nado con más tranquilidad, sin tanta tensión y me canso menos, por lo que llego mejor. También influye la falta de sueño. Ya hace tiempo que dejé de dormir la siete horitas mínimas recomendables. Si duermo cinco me doy por contento, pero estoy seguro de que eso cambiará.
El ritmo no puede ser siempre parsimonioso, pero tampoco sincopado. Cuando toca correr, a ello, cuando estés más inquieto, a serenarse. ¡Que fácil, verdad! Pues es así. Habrá que tirar de la reflexión de urgencia y de la relajación improvisada. A fin de cuentas, cuando la situación nos obligue a espabilarnos, ya lo haremos sin dudar.
Otro ritmo, no en términos del día a día si no en el de la modificación profunda y paulatina de la conciencia, también tiene altibajos. Sigo en mi lucha para salir de la órbita de la otra persona y emprender un camino propio. No lo he conseguido aún, aunque he hecho avances importantes. En teoría nos lo pintamos fácil, más luego hay días que parecen pasos atrás. Empiezo a no preocuparme por eso, tiene que ser así, porque unas fijaciones mentales basadas en décadas de convivencia no se cambian en varias semanas de separación. Un falso recurso es iniciar inmediatamente otra relación excitante para tapar ese hueco. Sin embargo, todos los expertos y personas experimentadas me dicen que es peor el remedio que la enfermedad porque al final esa sensación de euforia se convierte en un espejismo, y no estoy en condiciones de empeorar mi situación. Trato, eso sí, de relacionarme con gente de mi mismo perfil y en parecidas condiciones para construir un circulo de amistades que llene el vacío dejado, pero lo hago sin demasiada angustia, aunque las tardes-noches sin compañia son a veces algo tristes. He intensificado los lazos con mis hijos, y lo hago también con un sentido de protección ante una situación difícil. Esta acción es la que más satisfacción me proporciona, y a ellos creo que también.
La respiración profunda y pausada sigue siendo un pequeño pero utilísimo gesto para acoplar nuestro ritmo al de la naturaleza. A fin de cuentas somos unos animales más dentro de tantos, aunque lo hayamos invadido y depredado todo, en competencia con las cucarachas, que quizás tengan una vida más simple y a la vez más inteligente. ¿Alguien ha visto alguna vez a una cucaracha sufrir o morir por amor?
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