martes, 29 de mayo de 2007

El periplo

He vuelto de mi rápido periplo de fin de semana, de sábado a lunes.
La feria de Córdoba es muy popular, nada de casetas privadas y con poco “pijerío”. Tampoco son solo de sevillanas: las hay de música latiana, rumba, flamenco, de baile moderno, pasodobles, etc. Muchas están para comer en abundancia. Se accede por un puente iluminado y bordeado de puestecitos de feria. La portada es excesiva, grandiosa. Me recuerda la feria de los pueblos de cuando era niño, aunque sobredimensionada, por su color, sus olores y el estilo de sus gentes. Íbamos mi prima, su amiga y yo. En el Rincón Cubano probé un daikiri, que me gustó mucho. Nos animamos a seguir los acordes de un merengue con los mismos pasos que emplearía para un bolero, ese meneito rítmico que sirve tanto para un roto como para un descosido. Había una pareja que bailaba de cine. Después entramos en uno de rumba, la música altísima, y nos movimos con los mismos pasos que en el cubano.
Mis dos acompañantes estaban separadas desde hace ya años, por lo que fue muy útil conocer su experiencia, fundamentalmente desde el lado sentimental, que es el que más me afecta ahora. En un caso, su conyuge se había echado otra novia clandestina, pero sin ocultarlo mucho, y en otro, el marido era de muy difícil trato. Me confirmaron que cuando se junta un grupo de separados/as, siempre sale el tema. Como yo soy novato, voy aprendiendo de todo.
La mañana del domingo, después de un remoloneo inusual en la cama, fui dar una vuelta por la ciudad con mi prima, con la que me enzarce en una larga conversación de altísimo nivel trascendental. Da gusto poder hablar en esas alturas sin que tu interlocutor diga que es un royo y cambie de tema. La discusión siguió a la hora del café en el mismo tono. Por la tarde, una siestorra impropia de mis últimos tiempos, y es que como dice mi amigo Miguel Ángel, me debo muchísimas horas de sueño.
Una familia cercanísima vive momentos de incertidumbre y angustia por un problema de salud. Todos confiamos en que evolucione bien, pero hay que esperar. Son cosas que empequeñecen tu historia. Me hace pensar que uno se comporta egoístamente dando una dimensión a su asunto que puede resultar exagerada comparado con otras cosas. En mi caso el tiempo juega a mi favor, en el otro no se sabe.
Al sur de Jaén me quedo a dormir con mi primo, un tío grande y sano por dentro y por fuera, que también vive su pequeño drama, esperemos que reversible y pasajero. Atacamos lo temas con sinceridad descarnada, sin tapujos, lo que nos hace el efecto de una sauna para la mente. De cena, tomate crudo con aceite de la tierra, algo de jamón, queso y fruta. Nada de alcohol, nada de tabaco. Según el susodicho Miguel Ángel, seremos los muertos con mejor cara del cementerio.
Muy de mañana, para Granada, a un asunto judicial que no va conmigo.

Hacia las once entro en un ciber, acuciado por la necesidad de escribir. Durante el viaje he atravesado como unos bancos de una niebla melancólica y amarga, bajo un permanente estado brumoso que me mantiene la emoción a punto de desbordarse. De ese clima surgen las últimas entradas al blog. Por suerte, durante la espera el compañero de actuación judicial no para de hablar de cosas que me gustan, el campo, el huerto, la sierra, y distraigo mi historia.

El almuerzo en gratísima camaradería, bueno en calidad –ensalada exótica, un bacalao exquisito-, parco en cantidad, nada de alcohol, y muy, muy productivo en la plática. Hago de un viejo conocido un amigo. Quién da más.
En el camino de vuelta inicio una nueva estrategia de autocontrol que es tan simple como puede serlo de eficaz. Cuando la tenga probada, divulgaré la fórmula.
Mi hija pequeña, ya en Sevilla, me acompañó a un gran almacén y merendamos juntos. Creo que dábamos la imagen de lo que somos: un padre divorciado con su hija. Ella se sentía bien.
No salí ni fui al gimnasio. Me quedé solo en mi lugar de pernoctación, contestando con un largo mensaje los desvelos de alguien muy amigo.
Ha sido un fin de semana claroscuro, donde la luz ha brillado con fuerza entre los densos nubarrones, que al final parecían debilitarse algo. La batalla conmigo mismo se sigue librando con éxito relativo pero desde la dignidad.

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