sábado, 19 de mayo de 2007

Rabia y poesía.


¿Cómo se puede atenuar el horror de una dentellada traicionera que no cesa?

¿Cómo engañamos a nuestra emoción para que no nos estalle mil veces?

¿Cómo apaciguamos nuestra rabia enardecida, burlada y humillada?

¿Cómo puede la razón y la voluntad gobernar los sentimientos en momentos de crisis?

Quizás la respuesta esté en la poesía cotidiana, esa que nos envuelve invisible desde todos los átomos de nuestros sitios. Hoy he de recurrir a todo lo bello que sea capaz de encontrar porque solo así, creo, podré mitigar el dolor, la incredulidad, el desconcierto, la sensación de subrrealismo y la profunda desconfianza que estoy tomando a la mitad del género humano.

Ayer de mañana, camino de la casa del abuelo, desde la carretera observé los trigales de un verde casi lascivo, que semejaban bailar la danza del vientre movidos por una brisa atrevida y frescachona. La luz daba un tono vivo a todo el valle, que parecía nuevo a estrenar. Desde la altura por donde transcurre –serpentea, podríamos decir- la vía, los tractores en sus faenas de labranza emulan a las yuntas de bueyes de un portal de Belen anacrónico, donde los vespinos han sustituido a los asnos. El abuelo me recibió contento y tuve la impresión de que me estaba perdiendo unas vivencias irrepetibles cada vez que dejaba de venir a verle. Me dijo lo que me tenía que decir y me volví reconfortado.

En la antigua venta, remozada con el inevitable mostrador de acero inoxidable, saludé en alto, como lo hacen los hombres del campo, y pedí mi desayuno. Coincidí con un viejo conocido que sabe por donde ando y departimos sobre cosas intrascendentes mientras daba cuenta de una tostada consistente, de un pan prieto donde la miga es tan sustanciosa como la corteza. El aceite, bravo, el jamón, sabrosísimo, y el descafeinado –no estoy yo para estimulantes- en su punto. Salí con sosiego de estómago y buen ánimo de espíritu. Buena forma de empezar el día.

Elegí ser el portero porque no tenía ninguna confianza en mi fondo físico para jugar el partido. Los alumnos siempre ganan a los profesores, es tradición. Me tiraron a puerta ocho veces y paré tres. Una en el suelo, otra en el aire y la tercera despejé con el puño y fue el inicio de una jugada que terminó en gol. Los cinco restantes ni los vi. Estos alumnos, descarados, nos han perdido el respeto. Durante la comida en el parque mantuve unos minutos de charla con una personita encantadora. Me sentí un poco azorado, creo que por falta de costumbre. La sesión de chistes fue muy buena, pero no recuerdo ninguno, siempre pasa igual. La paella, inmensa y genial, estuvo lista cuando ya apenas teníamos hambre.

De vuelta en casa del abuelo, me acomodé para una siestecita. Me sorprendió un sueñecillo reparador del que ya había perdido la costumbre. Otro descafeinado y algo de bizcocho entonan otra vez el cuerpo, mientras te distraes con las anécdotas insustanciales y simpáticas que se cuentan a esta hora.

Rememorar todo esto me permite mantener la esperanza en mi convulsa lucha interior. Con que solo uno lo lea, me es suficiente. Seguro que percibiré su aliento de ánimo y solidaridad. Mañana, el discurso será más luminoso, ya lo verán.

espinosa@us.es

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