sábado, 2 de junio de 2007

De culpas y rencores


Son quizás las cuestiones más delicadas en la ruptura de una pareja, salvando la estabilidad de los hijos, que es absolutamente prioritaria.
Hay casos donde la relación se va distanciando sin reproches, de manera anodina, como el anciano que agoniza sin que ni él ni los suyos se den cuenta. Un día, solo hay que certificar el hecho como algo natural, esperado y apenas doloroso. Eso no es lo habitual, lo normal es que cuando hay dificultades, los conyugues tengan distinto interés en el mantenimiento de la relación, y diferentes percepciones de la manera de conseguirlo: uno quiere seguir, y hacerlo con un tipo de vínculo, al otro le interesa menos y de otra forma. Si la cosa no va como se pretende, se genera miedo y frustración, lo que puede conllevar la culpabilización mutua y la aparición del rencor más o menos recíproco. Son dos sentimientos potentes y sobre todo muy corrosivos.

Tanto la culpa como el rencor son trajes que se cortan a medida y no han de coincidir necesariamente con la observación objetiva de los hechos. Lo primero que se tiende a hacer es descargar sobre el otro la culpa del fracaso y despojarse de la responsabilidad propia. El rencor es, consciente o inconscientemente, fabricado ex profeso para apoyar la argumentación, incluso para darse fuerzas. Si no estuviera totalmente seguro de mi decisión, podría demonizar a la otra parte para justificar los pasos que esté dando. Viene a ser como dotar a nuestra versión de una carga emocional negativa que nos la haga creíble a nosotros mismos y a los demás. Si decidimos que el otro tiene la culpa, hemos de estar muy dolidos contra él, por lo tanto hemos de guardarle rencor, luego ¡sintámoslo y demostrémoslo!. El mecanismo mental es simple: de todas las interpretaciones posibles de un hecho, se escoge la más lesiva hacia nuestros intereses y se asume como agravio. En vez de dejarlo pasar, se cultiva intensamente y a poco florece de manera frondosa el odio.

En principio, el rencor funciona de manera muy eficaz, pero a la larga pierde fuerza porque el argumento es tan artificial que no se sostiene. Mientras tanto nos ha impedido actuar con la mente despejada. El rencor es un potente y perturbador narcótico que nos enardece contra la persona hacia el que se proyecta, y las decisiones que se tomen estarán totalmente condicionadas por ese sentimiento. Es muy probable que sean desacertadas.
Otro efecto secundario tan pernicioso como el anterior es la capacidad autodestructiva y corrosiva de nuestros propios valores y de nuestro equilibrio emocional. La persona que odia pierde el sentido de la equidad, de la mesura, de la proporcionalidad de las medidas a tomar respecto a los hechos y sobre todo, sufre y hace sufrir a los que la rodean.

Yo confieso que he sentido, en dosis moderadas en general, intensas en algún momento puntual, ese rencor en los últimos tiempos, pero afortunadamente han sido episodios pasajeros. Más frecuente es la sensación de decepción y de tristeza por haberme equivocado tanto, aunque eso también irá nivelándose a su justo término. Me anima la certeza de que nuestros hijos responden a otros principios. Eso parece que se está llevando bien.
Espero, deseo con toda mi alma, que este comentario sirva para atenuar el rencor en el probable caso de que exista y no para exacerbarlo. Hay que reflexionar, hay que tener cariño. Hay que achicar las bilis y alimentar las endorfinas. Un abrazo a todos.

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