Una de las ideas que tengo que trabajar con rigor es la de que cada uno tiene derecho a vivir su vida, siempre que no le afecte gravemente a los que tiene a su lado. Eso choca directamente con el concepto de compromiso, que estaba profundamente arraigado en nuestra cultura pero que hoy día, vista la experiencia, ya no tiene sentido. Hay un compromiso con los padres y con los hijos, pero para nada con la pareja. Quién mantenga una relación por respetar el compromiso adquirido puede encontrase con que en otro momento él pueda pedir que se cumpla y la otra parte negarse sin más. Y eso es así y quien no lo acepte, más lo sufrirá cuando le suceda. Así que quede claro: ya, en el siglo XXI, no existe el compromiso entre pareja, solo los sentimientos, que suelen ser mutantes, y los intereses inmediatos, que también pueden cambiar. ¿Qué siento hoy, aquí, ahora por fulanito, qué me atrae, qué me satisface, qué necesidades me resuelve? ¿Qué me ofrece menganita, sexo, casa, comida, ropa limpia, compañía?
Los que seguimos aferrados a ciertos valores, que más que antiguos consideramos inmutables, estamos del todo equivocados. Somos un espécimen a extinguir y se nos debería proteger en centros de recuperación y cría en cautividad, como a los linces de Doñana. No porque sirvamos para nada útil sino por conservar la biodiversidad, para que las generaciones futuras puedan admirar en algún museo viviente a seres tan extraños, que desaparecieron por no saber adaptarse a su tiempo.
Construir cada día no es una tarea fácil cuando ha desaparecido la bendita rutina. Más aún cuando tu actividad laboral no está sujeta a una periodicidad diaria, como es mi caso, sino más bien semanal: los lunes toca esto, los martes aquello, y así. Algo que puede ayudar es tratar de reproducir los máximos gestos posibles cada día.
En el gimnasio, ocupo siempre la misma taquilla. Tambien trato de acudir a la misma hora y si puedo con la misma actividad deportiva. Después de la ducha, me afeito en el mismo rincón del lavabo colectivo. Siempre he sido persona de esquina, porque me ha permitido observar el resto del espacio desde un lugar discreto y privilegiado.
El sitio del desayuno es sagrado: donde te ponen lo que quieres sin preguntar. El almuerzo lo tengo resuelto medio bien, a falta de poder elegir la misma silla en la misma mesa, eso es más difícil. El camarero sabe que siempre pido un baso de agua y una copa de rioja, junto a los platos del menú.
Dormir tiene su pequeño rito por la mañana, cuando recojo el lecho de campaña con todos sus componentes. Como hay que arrodillarse en el suelo para enrollar bien el saco y el colchón autoinflable, el acto me recuerda a un monje rezando su oración matutina y encuentro algo de ritual, en el sentido religioso, a esta operación. Incluso me permito alguna reflexión sobre lo humano y lo divino mientras cuido que del colchón salga un cilindro perfecto y no puntiagudo por un lado. Alguien podría pensar que debo sentirme desgraciado en ese momento. Pues no, es un poco incómodo, pero nada más. Tuve momentos duros en mi adolescencia y estoy bragado para pasar situaciones en precario: recuerdo que de estudiante viví durante un año “de prestado”, en casa de unos amigos, y dormía en un colchón en el suelo arropándome con la ropa-camilla (con lo que se cubren las piernas para que no se pierda el calor del brasero eléctrico). Después, mientras trabajaba en un garaje, me acostaba por las noches en una fila de cuatro sillas alineadas. Cuando cuidaba a mi hermana pequeña en el hospital (hasta que falleció), me quedaba todas las noches en una sala cercana, durmiendo en un saco sobre el suelo. Por lo tanto, dormir en un lecho de campaña de última generación es todo un lujo, de verdad.
Lo más complicado es sustituir el tiempo de charla y confidencia con tu pareja al final del día, dando una vuelta y tomándote una cerveza, cosa que yo, con más o menos paz, tuve hasta el último momento, hace apenas un mes. Ese espacio-tiempo lo suplo ahora con visitas aleatorias a gente conocida o familiares, generalmente parejas. ¿Dónde están los impares de la tierra? Si hay que buscarlos en bares de copas, va a ser que no. Bueno, en realidad tengo pistas, pero todavía no me he organizado para ponerlas en marcha. Creo que el senderismo en grupo es un buen lugar para la socialización con la gente de mi perfil. Caminar, siempre caminar, mientras se observa y se vive lo que te rodea, es una filosofía de vida que espero compartir con otras personas.
Los que seguimos aferrados a ciertos valores, que más que antiguos consideramos inmutables, estamos del todo equivocados. Somos un espécimen a extinguir y se nos debería proteger en centros de recuperación y cría en cautividad, como a los linces de Doñana. No porque sirvamos para nada útil sino por conservar la biodiversidad, para que las generaciones futuras puedan admirar en algún museo viviente a seres tan extraños, que desaparecieron por no saber adaptarse a su tiempo.
Construir cada día no es una tarea fácil cuando ha desaparecido la bendita rutina. Más aún cuando tu actividad laboral no está sujeta a una periodicidad diaria, como es mi caso, sino más bien semanal: los lunes toca esto, los martes aquello, y así. Algo que puede ayudar es tratar de reproducir los máximos gestos posibles cada día.
En el gimnasio, ocupo siempre la misma taquilla. Tambien trato de acudir a la misma hora y si puedo con la misma actividad deportiva. Después de la ducha, me afeito en el mismo rincón del lavabo colectivo. Siempre he sido persona de esquina, porque me ha permitido observar el resto del espacio desde un lugar discreto y privilegiado.
El sitio del desayuno es sagrado: donde te ponen lo que quieres sin preguntar. El almuerzo lo tengo resuelto medio bien, a falta de poder elegir la misma silla en la misma mesa, eso es más difícil. El camarero sabe que siempre pido un baso de agua y una copa de rioja, junto a los platos del menú.
Dormir tiene su pequeño rito por la mañana, cuando recojo el lecho de campaña con todos sus componentes. Como hay que arrodillarse en el suelo para enrollar bien el saco y el colchón autoinflable, el acto me recuerda a un monje rezando su oración matutina y encuentro algo de ritual, en el sentido religioso, a esta operación. Incluso me permito alguna reflexión sobre lo humano y lo divino mientras cuido que del colchón salga un cilindro perfecto y no puntiagudo por un lado. Alguien podría pensar que debo sentirme desgraciado en ese momento. Pues no, es un poco incómodo, pero nada más. Tuve momentos duros en mi adolescencia y estoy bragado para pasar situaciones en precario: recuerdo que de estudiante viví durante un año “de prestado”, en casa de unos amigos, y dormía en un colchón en el suelo arropándome con la ropa-camilla (con lo que se cubren las piernas para que no se pierda el calor del brasero eléctrico). Después, mientras trabajaba en un garaje, me acostaba por las noches en una fila de cuatro sillas alineadas. Cuando cuidaba a mi hermana pequeña en el hospital (hasta que falleció), me quedaba todas las noches en una sala cercana, durmiendo en un saco sobre el suelo. Por lo tanto, dormir en un lecho de campaña de última generación es todo un lujo, de verdad.
Lo más complicado es sustituir el tiempo de charla y confidencia con tu pareja al final del día, dando una vuelta y tomándote una cerveza, cosa que yo, con más o menos paz, tuve hasta el último momento, hace apenas un mes. Ese espacio-tiempo lo suplo ahora con visitas aleatorias a gente conocida o familiares, generalmente parejas. ¿Dónde están los impares de la tierra? Si hay que buscarlos en bares de copas, va a ser que no. Bueno, en realidad tengo pistas, pero todavía no me he organizado para ponerlas en marcha. Creo que el senderismo en grupo es un buen lugar para la socialización con la gente de mi perfil. Caminar, siempre caminar, mientras se observa y se vive lo que te rodea, es una filosofía de vida que espero compartir con otras personas.
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