miércoles, 30 de mayo de 2007

Luna llena

He pasado el día arropado por la familia cercana. Deporte, siesta y dos urgencias: la primera al médico, con un vástago que tenía una gastroenteritis leve, aderezada con algo de “nervios”, producto de las circunstancias, y la otra a las tiendas Corty, para comprar dos pantalones, que los demás estaban lavándose y los viejos ya no me sirven. Cosas del adelgazamiento.

En una moderna tienda de muebles hay una cocina que cabe en un armario. Se cierra y ni se nota. Me la veo instalada en mi estudio, si es que finalmente se resuelve así. Ya empiezo a tener ganas de organizarme un poco, de tener mi sitio, pero puede que aún falte.

Ya casi al atardecer he ido al campo, a ver a mi padre y a montar un artilugio para pintar puertas. Se muestra, como siempre, atento y prudente, reprimiéndose las muchas preguntas que se hará sobre lo que le preocupa de mi situación. Lo se y se lo agradezco. Nunca me había puesto de mal humor con él hasta estos últimos tiempos, no estaba acostumbrado, por lo que pensará que no lo debo estar pasando bien si echo ese carácter.

Me entero de un detalle que ya no me debería importar, o sí, según se mire, y que me revuelve las tripas. Pierdo la serenidad de que venía haciendo gala los dos últimos días y, para mitigar el impacto, me doy un paseo por el cerro, a la luz de una luna inmensa y desvergonzada que nada oculta. El silencio nocturno, manchado por el rodar de los coches en la carretera, y lleno de mil ruidos exóticos y lejanamente familiares, me ayuda a recomponer la figura y a encauzar las entendederas. Una llamada telefónica a alguien muy querido hace el resto Cuando llego hasta a lo alto, salgo del camino y cruzo el campo de algodón recién brotado, pisando una tierra mullida y sensual, atravesadade hileras de matitas que se pierden detrás de la loma. Me entran ganas de sentarme, de tumbarme en la madre tierra, y de permanecer allí hasta convertirme en una mata más, y crecer y perecer mirando fijamente el valle en primavera, en verano, en otoño y en invierno. Respiro hondo, con ansia y con lujuria, una brisa brava que me hace subir el cuello de la chaquetilla y comienzo el regreso, al calor del padre, que no se dormirá hasta que no me vea entrar por la puerta y tomar algo de cena, que le tiene inquieto que yo ande remolón con la comida.

El paseo, pisar la tierra fértil, el vientecillo, le han dado otra dimensión a ese tiempo, que se ha relentizado, se ha vivido en sus pequeños detalles. La luna llena siempre fue inquietante, sinónimo de embrujo, de maleficio, de traición. A mi también me ha puesto algo en alerta, no sea que por su influjo, demos un giro trágico a lo que, pasado su tiempo, no será más que un avatar entre otras muchos, de una persona que pudo presumir de haber tenido una vida plena. Y es que me faltan muchas cosas por hacer, pero ya con otro sentido, viviendo más el camino que la meta. Disfrutando. Buenas noches.

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